Maravilla el observar cómo la inmensidad del cosmos se explica en clave de frágiles equilibrios, a base de fuerzas silenciosas que tiran de los cuerpos y los mantienen atados a sus órbitas por los siglos de los siglos. Aún más admira cómo todo ello, y en síntesis milagrosa, es explicable a base de unas pocas ecuaciones, una mínimas proporciones númericas que en su misteriosa humildad se bastan a sí mismas para dar sólida aclaración a tanto infinito por descubrir. Aún así, esas reglas cósmicas y universales, inmutables, no escapan a súbitos cambios o accidentes inesperados. Un asteroide que impacta sobre un planteta, la explosión de una nube cósmica, una supernova, un viento solar, la irrupción de un agujero negro que enguye una galaxia, son contigencias que hacen tambalear hasta destruir la uniformidad de la regla universal de equilibrio y movimiento. Hace mucho tiempo ya que logré comprender que, como en la inmensidad del espacio, nuestra leve vida se halla tejida de sutiles equilibrios, a cuyas frágiles tensiones nos vemos sometidos de forma constante. Balances y contrabalances que, desprovistos de control por nuestra parte, son muchas veces removidos por extrañas reglas y otras circunstancias que se nos escapan y nos sumen en estados de inquietud y estrés. Unas veces son gente tóxica que se nos entromete en nuestro camino con sus reproches, exigencias y mal carácter, otras amistades frustradas, o pasiones y amores esquivos, otras el mal fario, o simplemente el destino que implacable nos castiga con reveses de espanto. Si lo piensas bien, nos pasamos la vida buscando lograr reconstruir adecuadamente esos equilibrios externos que nos proporcionarán la ansiada paz interna. Y en esas estamos y en esas seguiremos estando mientras transitemos por aquí.
Haciendo honor al nombre de este blog he de confesar que este 2011 no ha sido ni mucho menos el mejor año en lo personal. Es más, cuento los minutos para verlo salir por donde ha venido. He visto marchar, lleno de impotencia, a seres queridos y amigos que ya no volverán, lo que durante no poco tiempo me ha sumido en cierto estado de despite y nostalgia del que voy saliendo airoso como buenamente puedo. No cabe venirse abajo; fiel a mi eterno credo en favor optimismo, estoy persuadido de que el día siguiente siempre será mejor que el anterior: lo que luego suceda, desde luego, es otra cosa.
Te propongo un sencillo ejercicio: visualicemos un año 2012 casi perfecto, a ser posible en todos los terrenos, a ver luego qué tal nos va. Nada se pierde afrontando las cosas ni que sea con una sonrisa fingida. Vamos a ver si haciendo trampas al solitario y metiendo peso en el platillo, logramos que la cruz de la balanza se incline a nuestro favor. Yo creo que sí. Querido amigo, te deseo de corazón un feliz 2012. Hasta pronto.


































