No, seguro que lo sabéis. No se trata del sonido gutural emitido por un "pigmeo/ bosquimano" perdido entre los remotos y tupidos meandros del río Zambeze cuando el hambre azota inmisericorde su estómago vacío, ni de las palabras mágicas que invoca el chamán de los guerreros zulúes para atraer al Dios de las lluvias, ni del pavoroso grito de guerra que los bravos jugadores de rugby maoríes profieren para intimidar a sus adversarios poco antes de comenzar un encuentro de la máxima. Qué va, nada de eso. En efecto, es sólo el término lírico que usa "Il Cavaliere", Silvio B., para referirse a su afición preferida (y la de muchos más, para qué engañarnos) ni que sea en una rueda de prensa, junto a cualquier primer ministro, jeque o clérigo de alto nivel, qué mas da, y ante ochocientas cámaras que con sus respectivos mircros le grabaran. Como suele decirse, y afortunado él, le da lo mismo ocho que ochenta.
Pero todas las fiestas se acaban, todas sin excepción. Y aunque la suya podría batir cualquier record de resistencia, su fin venía marcado desde un inicio. Con la dimisión del potentado de Mediaset se acaba -por el momento- una extravagante forma de hacer política basada en la huida hacia delante, la acomodación de los procesos legislativos a las necesidades personales y empresariales, y el desprecio absoluto del "príncipe" por las instituciones del estado. Y lo llamativo del asunto es que no se va porque ningún juez haya podido ni tan siquiera resquebrajar su bien cimentado muro de decretos "ad-hoc" que le protegían ante cualquier contigencia judicial, si no como bien ya se ha dejado claro en todas partes, porque desde fuera, y al margen de procesos representativos, su perfil dejaba de ser el idóneo ante los nuevos y complicados retos de la economía italiana. Y es que esta crisis, absolutamente sistémica, se lleva y se llevará por delante a todos aquellos gobiernos, sean del color que sean, que se vean incapaces o rehúyan afrontar sus debilidades estructurales.
El " bueno" de Silvio era aceptado por los italianos de a pie porque ofrecía un apreciable perfil de "self-made man", de empresario existoso que si cogía el timón de la nave no parecía que fuera a llenarse los bolsillos del tesoro que había en las bodegas, porque de hecho, sus bolsillos ya venían repletos de doblones de oro. Era un tipo que podía imprimir pragmatismo a una desvencijada y lenta administración que no resolvía casi ningún tipo de problema social. La inquietante esclerosis de los partidos a su alrededor y la falta de propuestas creíbles, así como una sociedad debilitada por su eterna lucha contra el crimen organizado, le acabaron de allanar el camino en su ascenso. Sus fiestas memorables, la envidia de cualquier César ..., sus líos matrimoniales..., sus comentarios machistas..., sus salidas de tono a micro abierto..., sus trucos sucios para esquivar el juzgado..., todo se le perdonaba con la esperanza de que la nave transalpina nuevamente retomara velocidad de crucero y por fin un rumbo fijo. Pero ni así, el tipo divertido -que poca gracia hacía fuera de sus fronteras- se enmarañó en sus propias vísceras, en sus pecados inconfesables y, para su desgracia, sus balances no fueron mejores. Pero yo me pregunto, tras la salida del excéntrico y caprichoso gobernante y con la entrada de un tipo gris nombrado a dedo desde fuera, ¿gana o no, la democracia italiana?
Por nuestra parte, por la cuenta que nos trae, espero que el domingo ganemos todos. O quizá eso sea mucho esperar...
Pero todas las fiestas se acaban, todas sin excepción. Y aunque la suya podría batir cualquier record de resistencia, su fin venía marcado desde un inicio. Con la dimisión del potentado de Mediaset se acaba -por el momento- una extravagante forma de hacer política basada en la huida hacia delante, la acomodación de los procesos legislativos a las necesidades personales y empresariales, y el desprecio absoluto del "príncipe" por las instituciones del estado. Y lo llamativo del asunto es que no se va porque ningún juez haya podido ni tan siquiera resquebrajar su bien cimentado muro de decretos "ad-hoc" que le protegían ante cualquier contigencia judicial, si no como bien ya se ha dejado claro en todas partes, porque desde fuera, y al margen de procesos representativos, su perfil dejaba de ser el idóneo ante los nuevos y complicados retos de la economía italiana. Y es que esta crisis, absolutamente sistémica, se lleva y se llevará por delante a todos aquellos gobiernos, sean del color que sean, que se vean incapaces o rehúyan afrontar sus debilidades estructurales.
El " bueno" de Silvio era aceptado por los italianos de a pie porque ofrecía un apreciable perfil de "self-made man", de empresario existoso que si cogía el timón de la nave no parecía que fuera a llenarse los bolsillos del tesoro que había en las bodegas, porque de hecho, sus bolsillos ya venían repletos de doblones de oro. Era un tipo que podía imprimir pragmatismo a una desvencijada y lenta administración que no resolvía casi ningún tipo de problema social. La inquietante esclerosis de los partidos a su alrededor y la falta de propuestas creíbles, así como una sociedad debilitada por su eterna lucha contra el crimen organizado, le acabaron de allanar el camino en su ascenso. Sus fiestas memorables, la envidia de cualquier César ..., sus líos matrimoniales..., sus comentarios machistas..., sus salidas de tono a micro abierto..., sus trucos sucios para esquivar el juzgado..., todo se le perdonaba con la esperanza de que la nave transalpina nuevamente retomara velocidad de crucero y por fin un rumbo fijo. Pero ni así, el tipo divertido -que poca gracia hacía fuera de sus fronteras- se enmarañó en sus propias vísceras, en sus pecados inconfesables y, para su desgracia, sus balances no fueron mejores. Pero yo me pregunto, tras la salida del excéntrico y caprichoso gobernante y con la entrada de un tipo gris nombrado a dedo desde fuera, ¿gana o no, la democracia italiana?Por nuestra parte, por la cuenta que nos trae, espero que el domingo ganemos todos. O quizá eso sea mucho esperar...

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