Durante los largos días en que el premier griego se echó al monte con un amago de referéndum, en tanto que el tándem Merkozy rugía por su desagradecida indisciplina, y en EUA arreciaban las protestas, se cumplía una glamourosa efemérides que no podía dejar de rememorar. Y aún a riesgo de pasar por un simple frívolo (que también a veces) en estos tiempos de cólera, me acordaré de los cincuenta años que hace diez días cumplió "Desayuno con diamantes"(Blake Edwards, 1961), y de esas cinco décadas que han pasado ya desde que el límpido y anguloso rostro de la Hepburn emergió victorioso sobre los templos dorados de Hollywood.
Y eso es mucho decir, porque en aquel entonces las colinas de Los Angeles estaban bien pobladas de diosas de belleza rotunda, arquetipos de mujer eternos de los que nadie osaba pensar que pudieran ser destronadas, y menos por una escuálida fémina con aspecto de felino dócil y frágiles maneras. Excepto acaso Grace Kelly, que entonces ya disfrutaba del sueño de toda niña, por supuesto, ser princesa de un pequeño reino de hadas, las Ava Gardner, Kim Novak (que se ofreció para protagonizar ese papel), Sophia Loren (que le arrebató el Oscar de aquel año) y Marilyn Monroe (que estuvo a punto de quedarse con el papel de Holy, por deseo de Truman Capote), la irrupción de Audrey a través de ese papel mágico supuso una elección arriesgada por parte del director, pero a la postre victoriosa e histórica.
Con ella , con Holy y con Audrey, se acabó la dictadura de la mujer del rompe y rasga, de la loba capitolina, y la tendencia se volcó en un nuevo tipo de chica que, marcando tendencias para siempre, quería ser bella por sí misma y no para gustar al macho-man. Tenía sus propios gustos, era rebelde sin estridencias, cercana pero lejana, coqueta, autónoma, moderna, hedonista y liberada (no tanto como en la novela de T. Capote, en donde Holy era abiertamente bisexual). Holy supo ostentar, por fin, el cetro de su propio universo.
Con ella , con Holy y con Audrey, se acabó la dictadura de la mujer del rompe y rasga, de la loba capitolina, y la tendencia se volcó en un nuevo tipo de chica que, marcando tendencias para siempre, quería ser bella por sí misma y no para gustar al macho-man. Tenía sus propios gustos, era rebelde sin estridencias, cercana pero lejana, coqueta, autónoma, moderna, hedonista y liberada (no tanto como en la novela de T. Capote, en donde Holy era abiertamente bisexual). Holy supo ostentar, por fin, el cetro de su propio universo.
Los vestidos ajustados dieron paso al mundo del oropel que la alta costura traía de la mano del inmortal Givenchy. Entrábamos en el mundo del lujo y de las marcas, en la necesidad de distinguirse por el brillo de lo exclusivo (que luego no lo es tanto), en la era del consumo placentero. Sin embargo, Holy tampoco dejó pasar la oportunidad de mostrarse magnífica en la sencillez, en sus modelos rectos y leves de estar por casa, de colores básicos, casi siempre en tonos pastel, matices difusos mirando de no tapar la frescura de su sonrisa.
Y no me las daré ahora de ser el primer admirador de Audrey ni mucho menos. Es más, personalmente quizá me inclinaría más por la diosa Ava G., por su belleza dramática, por su mirada de pantera, pero no puedo dejar de admitir que el icono de Holy, aparte de un mito del cine significó también toda una revolución cultural.
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