Un joven veinteañero de complexión más bien delgada y cara de niño conduce un Opel Corsa blanco por la Avenida Meridiana de Barcelona, una lejana tarde del 87. Pasa por la entrada de esa larga travesía sobre las tres de la tarde en medio de un tráfico denso. Se dirige a un examen en la facultad de derecho. No las tiene todas consigo. Ha trabajado duro el último par de meses, el esfuerzo ha sido intenso pero la materia es de un tal voluminoso que sigue asustando, aún hoy, más de dos décadas después. Es viernes tarde, mucho tráfico se cruza en sentido contrario para salir de fin de semana de la ciudad, y él no puede evitar un acceso de envidia viendo los coches huir nerviosos desde el centro, buscando el descanso lejos del ruido. No obstante, piensa, no está todo perdido. Mañana cumplirá veintidós y respirará por una noche - de fiesta- de tanta tensión. Para evitar que le atosiguen los nervios en exceso, en tanto empieza a encarar el vehículo hacia la Diagonal, piensa en el montón de cosas y de gente con la que podrá celebrarlo durante la larga noche del sábado 20 de junio.
Al salir de casa el Corsa blanco pasa por delante del establecimiento de A.C.U., un honesto comerciante de mediana edad en un barrio de las afueras de Barcelona, que esa tarde ha decidido abrir su negocio un poco antes de lo habitual. Normalmente su esposa le acompaña en las tareas de la tienda, pero esa tarde, ahora no recuerdo por qué, ella decide ir con sus dos niñas a comprar a unos grandes almacenes, Hipercor. Pero ese viernes no será un día cualquiera. Mientras las ve salir de la tienda A.C. no sabe que la desgracia se ha instalado en su vida para los restos, no sabe que cuando las ve irse juntas, será la última vez que las contemple con vida. Sobre las 16 horas y diez minutos, 30 kilos de amonal, 100 litros de gasolina y una cantidad indeterminada de pegamento adhesivo y escamas de jabón hasta un total de 200 kilos, estallaron al accionarse el temporizador que iba adosado a los explosivos, ocultos en el maletero de un Ford Sierra. La deflagración fue brutal, agujereó tres plantas del edificio comercial desde el parking, y entre la explosión y el fuego se llevaron la vida de 21 personas e hirieron de grave consideración a otras 45.
Huelga decir que para A.C.U. su vida dejó de ser vida y pasó a ser un infinito tormento de dolor. Ya jamás se recuperó. Años después, mientras A.C. intentaba a duras penas rehacer su pobre existencia, el joven del Corsa blanco, ya con su título bajo el brazo, trabó con él una buena amistad y una fecunda relación comercial. Tras años de lucha en los tribunales, ya depuradas responsabilidades directas y subsidiarias por el atentado, A.C.U. no pudo más y se largó. Se fue sin dejar señas, y lo hizo para consumir lo que resta de vida cerca de cualquier playa, seguramente en algún bello rincón en el que poder mirar con calma el amanecer, mientras su caña de pescar reposa erguida sobre un mar sereno. Con la mirada perdida en el horizonte, ya no se pregunta nada, simplemente espera.

Los que mataban dicen que lo dejan definitivamente, que dejan de matar. Y yo celebro de veras el retorno de la paz, la razón y la concordia, cómo no. Pero no puedo quitarme de la cabeza esa pregunta que, mirándome a los ojos, me formuló A.C. en una lejana sobremesa con los ojos llorosos y los puños cerrados: "y toda esta mierda, ¿para qué?".
Un humilde y sentido recuerdo para todas las víctimas de la violencia.
Huelga decir que para A.C.U. su vida dejó de ser vida y pasó a ser un infinito tormento de dolor. Ya jamás se recuperó. Años después, mientras A.C. intentaba a duras penas rehacer su pobre existencia, el joven del Corsa blanco, ya con su título bajo el brazo, trabó con él una buena amistad y una fecunda relación comercial. Tras años de lucha en los tribunales, ya depuradas responsabilidades directas y subsidiarias por el atentado, A.C.U. no pudo más y se largó. Se fue sin dejar señas, y lo hizo para consumir lo que resta de vida cerca de cualquier playa, seguramente en algún bello rincón en el que poder mirar con calma el amanecer, mientras su caña de pescar reposa erguida sobre un mar sereno. Con la mirada perdida en el horizonte, ya no se pregunta nada, simplemente espera.

Los que mataban dicen que lo dejan definitivamente, que dejan de matar. Y yo celebro de veras el retorno de la paz, la razón y la concordia, cómo no. Pero no puedo quitarme de la cabeza esa pregunta que, mirándome a los ojos, me formuló A.C. en una lejana sobremesa con los ojos llorosos y los puños cerrados: "y toda esta mierda, ¿para qué?".
Un humilde y sentido recuerdo para todas las víctimas de la violencia.

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