lunes, 10 de octubre de 2011

FREAKS ("frikis")

Hay días que parece que pasan más cosas que otros, no sé por qué, o  quizá me da la sensación a mí. El miércóles pasado, por ejemplo, la Duquesa octogenaria se casó con un señor que no conozco, y acto seguido se marcó un anteproyecto de zapateado que ha sido comentado hasta en los últimos confines de la galaxia. Ese mismo día, Tito Vilanova fue sancionado por un "juez" deportivo por agredir al pobrecito Mou, metiendo su violento ojo en el dedo inocente del entrenador merengue, la quinta esencia de la deportividad y el buen rollito. Mientras, en Nueva York, la lucha de los jóvenes indignados crece por momentos y comienzan a pedir responsabilidades a los tiburones de Wall Street. En España un ministro se querella porque le acusan de haber sucumbido al olor del dinero. Y en efecto, entre tanta mediocridad como nos abruma, tienes razón, se apagó la luz solar de un verdadero astro, Steve Jobs.

Entre la miríada de efectos de la era de la globalización se encuentra, ya lo creo, el hecho de que  los ciudadanos de este bendito planeta podamos compartir mitos y referencias por muy lejanos que se encuentren de nuestro mapa. Al acercarse o desaparecer fronteras geográficas, los ídolos e ideales multiplican sus efectos y su capacidad de convocatoria. Steve Jobs era uno de esos iconos - que aun siendo americano lo sentimos como propio- que nuestra época  ofrecerá orgullosa a los tiempos venideros como un hito casi inalcanzable. Durante estos días se han glosado sus logros de forma profusa -combinar tecnología y estética, socializar los progresos informáticos, predicar la creatividad y  la empatía en la gran empresa...-, por lo que os considero ya a estas alturas bien ilustrados sobre el particular.

Personalmente prefiero detenerme en el perfil de ese joven de los locos y maravillosos setenta que frecuentaba poco las fiestas del campus universitario, que tenía poco tiempo para las chicas y bastante menos para el deporte. Se juntaba con lo más rarito de la clase, "freakes" les llamaban por pasar sus fines de semana en la penumbra de su garaje montando aparatos extraños de dudosa utilidad, en vez dejarse anonadar por  el dulce aroma de la marihuana y el áspero sonido del rock. Eran tan pusilánimes y obsesivos, que hasta a sus profesores lograban aburrír a base de preguntas retorcidas y teorías imposibles, unos infelices que no sabían disfrutar de la vida y que sólo se movían por el amor a cables, enchufes y demás trastos por el estilo. Pero todo eso a ellos les daba igual,  porque tenían una idea, y más que una idea, todo un plan, un señor proyecto que revolucionaría el mundo de las comunicaciones. No más contarlo a un puñado de amigos y familiares provocaron enormes sonrisas de compasión. Pero no se dejaron llevar por el desánimo ni las dificultades.  Prosiguieron con sus noches en vela por ver nacer el proyecto,  en la empresa casi se dejaron su juventud, su esfuerzo hasta el último aliento hasta que cierto día patentaron su idea, consiguieron venderla y su empresa creció más allá de aquel sórdido garaje, logrando por fin crear todo un imperio.


Decía el filósofo franco-argelino B. Henry-Levy, refiriéndose a su país  -y por aquí se lo he leído también a F.M. Álvaro- que era difícil que sugiera un país próspero cuando más de la mitad de su juventud sólo piensa en acceder a un puesto de funcionario. Sin perjuicio de tan necesaria función -pública-, debe reconocerse que son tipos como Jobs, esforzados, con sentido del riesgo y ambiciosos los que a partir de ideas concretas generan riqueza, trabajo y prestigio para un país. En estos tiempos de oscuridad, en los que tan necesitados estamos de luminarias y emprendedores, que no de trincones ni especuladores, reclamo la figura de tipos como Jobs que son los que siempre estarán dispuestos a tirar del carro.











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