martes, 18 de octubre de 2011

GAIA


La hipótesis de "Gaia"  (J. Lovelock, 1969) establece un modelo cientiífico sobre la biosfera por el que todo aquello que sugiere vida sobre la capa de la Tierra actúa como un conjunto coordinado, de forma autónoma, capaz de autorregularse para que las condiciones adecuadas para la vida se sigan dando sin interrupción. En otras palabras, nuestro planeta azul dispondría de un sistema propio para facilitar las condiciones óptimas con las que la vida se perpetúe  Sería algo así como afirmar que la Tierra se conduce como un ser vivo que, reconociendo sus necesidades, actúa de la manera más conveniente para solventarlas por sí misma. Sobre esa bella hipótesis se podría seguir profundizando que, como un ser vivo, la biosfera puede padecer disfunciones y dolencias a causa de agentes externos que la agreden de forma sistemática, y enseguida  pensaríamos todos en la acción del hombre por la sobreexplotación de los recursos  naturales y la contaminación de los mismos.

Yo iría incluso un poco más allá, y me acordaría del subsuelo terrestre en permanente cambio, por prolongado y lento que se nos manifieste a lo largo del tiempo. Seguro que geólogos y geofísicos me darán la razón. Entonces, ya no sólo sería la capa de la biosfera, si no la Tierra entera como un  planeta que respira y padece, cuyo cambio constante en su seno obedece a la lógica de un ser vivo realmente complejo.  En este contexto de reflexión estaríamos ante un momento para felicitarnos, porque durante estos últimos días - lo que es apenas una mota de polvo en el incesante viento de los milenios-, la madre Tierra crea sobre el mar una porción de superficie que algún día albergará vida terrestre allí donde no la había. Y pensemos, que el nacimiento de una nueva isla, no es algo a lo que un breve ser humano pueda decir que esté acostumbrado.

Así ha sucedido estos días frente a la costa de la isla de El Hierro: las entrañas de la Tierra se han abierto para alumbrar un nuevo y pequeño islote, según han asegurado los científicos del CSIC. Los habitantes de la isla han venido mirando estos días hacia el cercano horizonte un tanto compungidos, esperando que ese parto de magma no terminara en una dolorosa catástrofe. Y de momento, todo parece indicar que, afortunadamente, se trata de un nacimiento sereno. Con sus pequeños problemas, pero tranquilo después de todo. Es verdad que eso no ha evitado ciertos momentos de agobio a la estoica población de la isla afortunada -que sí pueden decir con orgullo estar viviendo sobre la boca de un volcán-, y más concretamente al vecindario de La Restinga. Se han sucedido escenas de trasiego urgente,  pequeños temblores de tierra, con sus simulacros y protocolos de seguridad, pero tras el feliz parto todos van regresando a su casa algo más aliviados y un punto espectantes ante el aspecto que tendrá la nueva criatura. Enhorabuena a la madre Tierra, nuestra casa, la que todo lo creó.

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