viernes, 9 de septiembre de 2011

PERFECTOS O NO

Mucho antes de que George fuera perdonado de desaparecer a cambio de cuatro pastillas de café -quién se lo hubiera dicho a Moisés hace unos tres mil quinientos años, ni siquiera ya Dios es lo que era-, mucho antes de que a su paso dejara embobadas y desoladas a millones de féminas, hubo otro galán que durante más de cuatro décadas hizo carne el mito del príncipe azul, dejó una imborrable estela de elegancia y agudeza y dignificó el Olimpo de Hollywood como pocos actores lo hicieron jamás.  Era el bueno y controvertido Archibald Alexander Leach, más conocido como Cary Grant, cuya biografía firmada por Marc Eliot recomiendo vivamente como demostración de que muchas vidas reales fueron más atrevidas e intensas que todas las novelas que nadie imaginarse pueda.

A través de Eliot pude documentarme definitivamente sobre mi actor de cabecera, recorrer  junto a Cary los años dorados de la Meca del cine, y reconocer en él a una personalidad convulsa, una inseguridad permanente que no casaba en absoluto con el personaje sólido, sereno y bello de Roger Thornhill, que ni siquiera descomponía su proverbial flema cuando era secuestrado en el hall del hotel Plaza de Nueva York, al ser confundido con el agente doble George Kaplan. La vida del ejecutivo R. Thornhill -"Con la muerte en los talones" (North by Northwest), Hitchcock, 1959- no deja de superar riesgos de toda clase durante toda la trama sin que él pierda una ápice de galanura y sentido del humor. Confieso que en el 2008, estando en Nueva York unos días de descanso -si es que esto es posible en Manhattan- me alojé en el Helmsley Park Lane, que mira al Central Park y a pocos pasos de la Quinta Avenida y el Hotel Plaza. Es evidente, me faltó tiempo para acercarme al Plaza, y me dio un vuelco el corazón al comprobar que estaba cerrado por reformas. Aún así me las entendí con el portero para que me dejara adentrarme unos pasos en el vestíbulo y recorrer los mismos que dio el viejo Cary cinco décadas atrás.

Admito que siempre me han atraído enormemente aquellas personas y personajes que supieron vivir su vida apartados de los convecionalismos, y que supieron reconocer todo lo mágico que guarda nuestro tiempo de vida. Cary desde luego supo vivir de una forma intensa cada minuto de su vida, pero todavía más que eso, me atrajo su desasosiego vital y su lucha eterna por tratar de estar a la altura del egregio personaje que creó, quizá y en mi opinión el mejor actor de todos los tiempos. Me conmovió de veras saber que sus lecturas preferidas fueran todos libros de autoayuda, ya muy de moda en América de los cuarenta. Por mi parte siempre he desconfiado de ese tipo de libros, sobre todo por la vaguedad académica y biográfica de sus mayores representantes. Pero las cosas están así. No hace mucho  me llegó a sorprender en una entrevista de contraportada en un diario, un señor que se decía experto en "coaching", autor de un tratado de saber vivir de forma equilibrada y reconocer luego tan campante que se había casado cinco veces nada menos.

Pero es evidente que ese tipo de lecturas cumplen una función, sirven y mucho a personalidades en crisis o simplemente a personas que necesitan explicaciones más allá de respuestas generales y no creen necesario sacar a pasear su ego distraído ante un señor desconocido que se titula psicólogo, y muchas veces , es cierto, incluso se trata de obras correctas por muy oportunistas que sean muchos de sus autores. La confusión es casi un estado natural del ser humano y a veces no va mal una guía que nos indique un rumbo determinado. A fin de cuentas, todo acaba en una mera cuestión de fe, y saber que a la postre toda respuesta y solución parte siempre de uno mismo. Cary, por su lado, era así de confuso; llegó a decir en una ocasión algo a así como que  ya no sabía si era Archibald  Leach o Cary Grant , y que por eso ya dudaba de los dos. No estoy seguro de que se fuera de este mundo sabiendo ésto, pero lo cierto es que a mi juicio Archibald superaba  en casi todo a Cary, precisamente por éso,  porque era un ser confuso e imperfecto. Me hubiera gustado decírselo en persona.

Mi recuerdo cariñoso a la gente de Nueva York.

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