Cualquiera de mis distinguidos compañeros de profesión que acaso tú conozcas en tu círculo social lo corroborarán sin peros. No es extraño que cuando te vas de cena con amigos y/o conocidos, alguien se entera de tu trabajo y se acerque a tí con cara reflexiva, ceño fruncido y mirada escrutadora, para preguntarte al segundo siguiente y disparando a quemarropa: ¿cómo podéis defender a una persona sabiendo que es culpable?, y añaden luego para rematar: "¡yo jamás podría!". Con la edad, y respetando siempre el interés que demuestran por tu persona -para bien o para mal-, acabas contestando con un pequeño resoplo que básicamente eso a tí te da igual, que todos tus clientes te dicen que son inocentes, que tú no estabas allí cuando todo pasó y que no estás para juzgar; o mejor le dices que encarnas la salvaguarda que el sistema legal coloca como garantía de un proceso justo para todos, y depende del día y de tus hormonas, incluso saltas con un inoportuno y seco "me perdonarás, pero yo no vine aquí para arreglar los problemas de la democracia, soy mucho más modesto que todo eso". Sin embargo, lo normal es que mi respuesta, premeditada ya como la de una operadora automática -una vez pulsas la tecla dos-, sea muy cortés, un punto pedagógica y algo vanidosa, para que nos vamos a engañar, y acabe decantándose por la leve perorrata jurídica que ni siquiera a tí te apetece escuchar... Gajes del oficio.Pero existe otra pregunta que esta sí, muy rara vez, me perturba cuando se me formula de higos a peras: ¿cómo has podido casarte y tener hijos viendo la de divorcios que tramitas? Podía acabar ràpidamente con la cuestión respondiendo algo así tan melifluo y sincero como "porque quiero a mi chica". Pero aunque esto sea del todo cierto, eso ya no se lleva, y menos en una sociedad como ésta, de asfalto, acero y hormigón, por lo que tras balbucear con torpeza unos instantes, tomo aire y suelto mirando a los ojos: "pues porque ni todas las personas somos iguales, ni a todas nos aguarda el mismo destino". Como podréis comprobar sin dificultad esta respuesta es más eficaz, menos comprometida sentimentalmente, hiere menos -o eso creo yo- y deja en medio un segundo de honda reflexión que enseguida te permite cambiar de tercio y volver a la conversación primera. Los hay que, inasequibles al desaliento, no se dejan sorprender con facilidad y siguen con el tema: ¿Verdad que con la crisis hay menos divorcios? Pues mira, esta cuestión -ya nada personal- me gusta más, así que, sí, aquí sí que me pararé un minuto.
La semana pasada el INE sacó a la luz una de sus más demoledoras encuestas anuales, que por cierto ratificó mi teoría personal al respecto. Yo nunca ví, como se aseguraba comúnmente, que los divorcios disminuyeran con la crisis, al contrario, personalmente notaba un ligero incremento ("cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana..." El Último de la Fila) que me parecía en total sintonía con los tiempos que vivimos. Más de 110.000 parejas pusieron fin a su relación en nuestro país, un 4% y pico más que el año anterior. Es significativo, aunque ya no sorprenda el dato, que la gran mayoría de las rupturas se den entre los 40 y los 49 años, y después de unos 15 años de relación. Cada vez parece más claro que la norma, como hasta hace unos años sí era, no es la fidelidad eterna, si no la caducidad a la vista de la quincena. O sea, la monogamia sucesiva. Según leo en el artículo de referencia (ADN, 20/09/2011), la psicóloga de pareja M. Arasanz afirma que "el aburrimiento a todos los niveles -social, sexual,...-, el cambio de expectativas a esas edades y la enorme exigencia sobre las cualidades de la pareja -buen amante, buen sueldo y buen padre o madre-" acaban destruyendo la unidad familiar. La crisis y los problemas en el trabajo acaban haciendo el resto.
En fin, no soy un experto en estos temas más sensibles, y creo haberlo expresado ya en este mismo blog en alguna ocasión, pero creo que los tiempos modernos no invitan precisamente a que cuidemos mucho ningún tipo de relación personal: ni la de pareja -matrimonios o no- ni la de amistad, ni la familiar casi, y no digamos ya la de vecindario. A lo mejor ésta es también una revolución pendiente: la de buscarnos de nuevo y volver a mirarnos todos con franqueza, serenamente, y con sentido del humor.
¡Y por Dios, que le den ya a la crisis!
Dedicado a mi distinguida "compi" Chelo Sierra. Merci. Besitos.

Creo que llevas, bastante razón. En lo que estoy totalmente de acuerdo es en el hecho de que hay que cambiar o mejor dicho empezar a trazar una hoja de ruta para que vuelven los valores de solidaridad, empatia, sinceridad, amistad, y no como simple escaparate de cara a los demás sino implicandose totalmente. No digo "amor" porque esa palabra prescribió en mi diccionario.
ResponderEliminarPor cierto, define destino es una palabra muy utilizada pero también muy subjetiva.
Ok, lo tendré todo en cuenta. Gracias por tu interés. Un saludo
ResponderEliminar