El comienzo de la época estival se va pareciendo cada vez más a las navidades. Me refiero a que, de repente, llega el mes de junio y sin darte cuenta te vas colocando en actos y cenas de los colectivos a los que perteneces que muy sanamente quieren despedir el curso al llegar el verano. Bueno, socializar nunca es malo, aunque a veces resulte un poco agotador. Somos animales sociales, decía el viejo Aristoteles, y nuestra individualidad carecería de mucho sentido si no pudiera contrastarse con la de aquellos que nos rodean. Si a eso le añadimos a que nuestro prodigioso clima invita - yo diría empuja, más bien- a disfrutar de la compañía en el exterior a poco que asoma el solsticio de verano, cualquier excusa es perfecta para apuntarnos a un buen "sarao".
En fin, el caso es que hace aproximadamente un mes asistí a una cena de aniversario de mi buen amigo Juan, al que conozco desde que tengo uso de razón y aprecio proporcionalmente al número de años que venimos juntándonos para "hacer daño". Y aunque desde luego ni él ni los organizadores del evento son responsables de nada, porque nada realmente grave pasó, sí que es una anécdota curiosa que me vale muy bien para ilustrar lo que quiero deciros. Cumplía cuarenta, y una amiga suya -que no común- le organizó una cena en un restaurante de moda. El sitio al llegar te sorprende un tanto -no mucho, porque el que más y que menos ya ha vivido extravagancias de toda clase-, puesto que en la dirección indicada te encuentras una tintontería y no un restaurante, con sus lavadoras, secadoras, percheros de ropa bien dipuestos y demás uteinsilios para esa noble y nunca bien ponderada labor. La dependienta te saluda y tú le contestas con una contraseña: "vengo a buscar las camisas de Casilda". Ahí ya cierta incomodidad me recorre todo el largo del espinazo, me siento como un vulgar Mortadelo y Filemón entrando en la sede central de la TIA. Entretanto, a mi lado Mari Carmen lucha por no partirse en dos trozos de risa allí mismo, viendo mi proverbial cara de circunstancias. A continuación, la dependienta de la tintorería, muy profesional, me recita una segunda clave: "1,2,3,4", mientras me señala un pequeño panel de mandos detrás de una cortina. "Sólo falta ahora que se me olvide la clave", me digo a la vez que pienso en la pinta que tendré de Anacleto, agente secreto. Una puerta automática se abre, y a continuación entras en una segunda estancia, amplia, alta, bien decorada, que en este caso, al fin sí, se trata del restaurante. En pocas palabras, la cena se trata de un rosario de pequeños platos, o mejor dicho, de pequeñas copas, que te introducen en sabores extremos, en lo que quiere ser una emulación dificultosa de lo que últimamente se ha dado tanto en llamar "cocina de autor". Se buscan, dicen, sensaciones o experiencias tanto como alimentación... Cuando me plantan delante la copita del "zumo de esencia de rabo de toro", ya me hago a la idea de que un poco de hambre esta noche sí vamos a pasar, y trato de sonreir, con la misma flema británica del mudano agente James Bond, a la mona cocinera asiática que luego me sirve la "crema de coliflor y nosequé" . Uno se considera, disculparéis mi inmodestia, un tipo abierto y más bien proclive a bien recibir la modernidad en todas sus formas y colores, pero en ese instante me empecé a acordar de Santi Santamaría cuando denunciaba a las claras la pléyade de impostores que se estaban colando en el mundo de la restauración con este singular y extravagante guión. El comensal de mi lado izquierdo, Jose -sin acento-, un tipo muy trabajador con miles de horas de andamios a sus espaldas, comienza a mosquearse cuando va por la cuarta copita y no ve venir nada consistente y sólido. "El entrecot de Girona, amigo, no creo que lo veas esta noche", le voy preparando. Me da la razón muy a su pesar y una cara de frustración definitiva le embarga cuando ve aparecer el plazo fuerte de la velada, consistente en un pequeño cazo con una cucharada y media de arroz. Con el estómago triste y contrito, al fin termino pasando del postre y sonrío nervioso cuando se acerca el cocinero, con visibles ganas de marcharse del local -¿a cenar?, me pregunto-, y nos pregunta cómo ha ido todo. En fin, eso sí, lo verdaderamente consistente de aquella noche fue la cuenta, que igualmente no envidiaba a la del mejor espía.
Ya sucede que mucha gente, so pretexto de pasar como gurús de la modernidad se traga cada castaña que no veas tú de película, obra de teatro, exposición, o danza que le echen con tal de no ser confundidos con la vulgar mediocridad del resto de los mortales. Son además, individu@s muy poco tolerantes con los gustos de aquellos cuyos cánones estéticos resultan algo más convencionales o simplemente sencillos, y se atreven incluso a mirarlos por encima del hombro cuando se manifiestan en esa dirección. Son los snobs de toda la vida y están presentes históricamente en todas las épocas y los hallaréis en cualquier colectivo. No acaban de darse cuenta de que por mucha modernidad que apunten, en el arte, como en la vida, la verdad acaba emergiendo tarde o temprano y tan cateto resulta el gusto desmesurado por el añorado botijo de linda lagarterana omo la querencia desproporcionada por el chorizo con sabor a rancio metálico. Lo que es arte no puede convertirse en un circo -como bien dijo Vargas Llosa no hace mucho-, ni se puede sostener un pensamiento único en materia de estética y expresión. No sirve de gran cosa la modernidad si ésta no se entiende como el resultado lógico de un proceso histórico previo en que son necesarios e igualmente válidos todos y cada uno de sus pasos precedentes. De hecho, nuestra modernidad de hoy, no dejará de ser el "vulgar" pasado del mañana, y cuántas veces no se habrá arrepentido más de uno por marcarse moderneces extremas en un momento dado, para ver su imagen risible tan sólo unos años después en una foto hurtada a su ayer oculto e inconfesable. Desde luego que no, tampoco son considerables los que abusan de los atajos apelando constatemente a la modernidad vacía de todo contenido.Lo siento, amigos, me tengo por muy moderno pero no creo que Napoleón, el caballo pintor, sea ningún artista consagrado. Siempre hay un listo para atrapar a modernos incautos. Ellos sí que me parecen modernos de narices, los que se atreven a pagar entre 3.000 y 15.000 dólares por cada obra del genio equino. Apañados vamos...
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