miércoles, 27 de noviembre de 2013
ENDER. (Como los turrones, estoy de vuelta casi en Navidad).
Mi afición por la pintura y el arte vino desde muy pequeño y de una manera muy tangencial. Los cómics. Yo fui uno más de aquella legión de chavales que se pirraban por las aventuras de los superhéroes de Marvel, aventuras que más allá de los castañazos que se propinaban sin miramientos, solían poner a los superhombres en verdaderos dilemas existenciales. Pasaba horas siguiendo sus hazañas, intentando comprender la eterna lucha entre el bien y el mal, el debate interno que les consumía entre el uso de la fuerza bruta y la defensa de la paz, y más horas pasé todavía tratando de emular la perfección de los trazos de sus dibujantes. Se conoce que de tanto imitar y repetir, algo afortunadamente se quedó en mi lápiz. Menos mal, no fue todo perdido. Y lo lamento por sus seguidores, pero yo era más de Thor, que no de Peter Parker, Clark Kent o Bruce Wayne. Thor no tenía doble personalidad, era simplemente un Dios, así, a secas, y encima era sueco, como Bjorn Borg, Agnetha Fältskog y el Premio Nobel, ahí es nada. Thor lo tenía todo, para eso era un Dios, el Dios del Trueno, y a ver quién se metía con un Dios y salía ganando. De eso, nada.
El caso es que desde que se estrenó venía loco por ver la película y someter a mi sesuda y experta crítica el resultado de tamaña osadía, la de enlatar en imágenes digitales a mi queridad divinidad, el hijo de Odín. Por fin, un domingo de lluvia no hace muchos días fui al cine y me encontré que la sala estaba llena, leches, seguro que de ignorantes oportunistas que apenas tendrían un par de referencias del personaje, si llega, y se meterían a comer palomitas sin respirar. Total, que cariacontecido no tuve otra que escoger entre las películas restantes. El Juego de Ender. Compré palomitas -para comer pausadamente, claro- y me apoltroné sin muchas esperanzas de nada. A los pocos minutos comencé a pensar que, tal como transcurría la historia, me había topado con la versión galáctica de Harry Potter. Cuando empezaba a arrepentirme de la ocurrencia de engañar a mi estimada deidad con un sabiondo adolescente, el filme empezó a dar un giro que me logró interesar. Amistad, liderazgo, inteligencia emocional, jerarquía militar, violencia, razón, tecnología, la soledad de la especie humana, guerra preventiva, y poder. Del tirón. Thor podía esperar, estaba contemplando una gran obra que, además, me sorprendió con su final inesperado. Entre sus conclusiones y moralejas destaco una: el poder miente, y el poder absoluto, miente absolutamente.
viernes, 28 de junio de 2013
¿UN MUNDO FELIZ?
Me preguntan de vez en cuando si va a durar mucho más esta inacabable crisis. No tengo una bola de cristal, les contesto, pero saldremos de ella con toda seguridad y puede que antes de lo que nos parece ahora (el suelo más barato en Europa, los salarios más bajos, buenas infraestructuras y mejor clima y localización geográfica, a poco que nos estabilicemos políticamente...). Qué va a pasar con nuestros hijos, continúan interrogándose; ni idea, les respondo, pero yo en su lugar no abandonaría una clase de inglés por nada del mundo. De hecho, el que pueda deberá estudiar y pensar en inglés por encima de todo, no es ninguna novedad es cierto, pero lo novedoso es que ya lo vemos todos como una obligación inexcusable y eso que todavía no es una lengua oficial aquí -que algún dia lo será, sin duda ninguna-. La última de las consecuencias de esta implacable globalización es que nuestro radio de acción profesional -especialmente el de los jóvenes que suben, me refiero- sobre todo para aquel que tenga elevadas aspiraciones en ese terreno, se dilata y se expande hasta alcanzar nuestros confines. Superadas las barreras lingüísticas, y también las mentales -las que tienen que ver con los lazos familiares y sociales-, los chavales se sentirán casi como en casa en una patria mucho más ancha, pero también, a la vez, valorarán aún más las bondades y tradiciones de su patria chica -"glocalización"-. A esos estados cegados a la realidad de los nuevos movimientos sociales a nivel global, no les iría mal tenerlos en cuenta e incorporarlos de alguna forma en sus estrategias de gestión y gobierno. Sólo aquellos gobiernos dialogantes, tolerantes con la diversidad y apegados a la transparencia lograran salir adelante ante la nueva sensibilidad que muestran estos nuevos ciudadanos.
Desde el punto de vista personal, desde luego que estos jóvenes ciudadanos del mundo ampliarán su esfera personal de conocimiento y tolerancia, su capacidad de adaptación les hará más fuertes y preparados, dispondrán de una rica mundología y un conocimiento más multidisciplinar. Desde el punto de vista social, su referencia familiar será más difusa y disgregada, la familia amplia casi desparecerá -el concepto de clan- y su indiviudalismo será más acusado y viajero. En nuestro caso, una generación entera repleta de profesionales volcará su rendimiento lejos de aquí - una derrota más de nuestros penosos gobernantes-, y no regresará hasta décadas más tarde para descansar en en su vejez. Por contra de lo que hasta ahora se sostenía, y de hecho estamos ya comprobando con satisfacción a nivel planetario, serán ciudadanos comprometidos, vigilantes y exigentes ante sus gobiernos y estados, cada vez más debilitados desde la forma tradicional de caracterizarlos. Conformarán un mundo más mezclado, más exigente, más preparado...pero, ¿un mundo más feliz?jueves, 23 de mayo de 2013
SUECIA Y SUS (MIS) MITOS.
La primera vez que oí hablar de Suecia fue a través de la inmortal y nunca bien ponderada Pippi Langstrum. Alucinaba con sus historias, es cierto, pero claro, sabiendo que era sueca, no entendía muy bien porque los mayores hablaban tan bien de las chicas suecas. Entonces todavía no era un gran entendido en la materia, pero con franqueza, Pipi me parecía de todo menos guapa. Fue entonces cuando calibré, en mi personalísima manera de interpretar la geografía mundial -me encantaba dibujar mapas imaginarios, con sus desiertos, sus oasis, sus cordilleras infranqueables...- de la posibilidad de que hubieran dos Suecias, una Suecia del Norte, más fría y extraña, -la de Pippi y el Señor Nilsson-y una Suecia del Sur, más soleada y poblada por las maravillosas vikingas de las que hablaban los mayores y las películas de Landa -un cariñoso recuerdo para "el crack"-. No tarde mucho en dejar de creer en esos mundos imaginarios, y en reparar con nostalgia en que sólo había una Suecia, en la que cabía de todo, y en confirmar, eso sí, que las suecas, fueran rubias o no, merecían una nota ciertamente alta. Lo probaba el abrumador éxito de ABBA, estuve enamorado bastante tiempo de la inefable sonrisa de Agnetta y su voz me perseguía a todas horas, aunque no fuera capaz de confesar que me encantaban sus canciones - y las de los Bee Gees-. Es hora de quitarse la careta.
Pero cuando vas madurando, te siguen contando cuentos y a veces te los crees y otras no. Un mito sueco que también me persiguió durante décadas - y no hablo ni de Thor (devoraba los comics de Marvel que me enseñaron a dibujar) ni de Bjorn Borg, sobre el que sigo profesando una imperecedara admiración, su revés a dos manos es de las pocas cosas ciertas en las que uno puede creer- fue el elevado estándar de su sociedad del bienestar, y de paso, el de toda la región escandinava. Cuando desperté al también descorazonador mundo de la inquietud política, cuando aún piensas que tu aportación puede reusltar de algún interés a la sociedad, no había tertulia política en la que participara en la que en uno u otro momento no tratara de colocar el ejemplo del éxito de la sociedad más igualitaria del occidente democrático. Más tarde, a lo mejor te lo sigues creyendo porque no deja de tener su fundamento, pero dimites de tus conversaciones políticas que no sirven para nada y de la que pocas veces se saca algo en claro, comprobada las pocas ganas que se suelen tener de abrir los ojos a los argumentos razonables y bien fundamentados. Pues bien, está visto que este siglo XXI, ya asentadas todas las consecuencias de la "era de la información" y sus revoluciones tecnológicas, materializadas todas las consecuencias de la mundialización, va a acabar de destruir los pocos mitos que nos quedaban. Suecia, leo hoy en mi diario de cabecera, no escapa a los accesos de la ira social que acompañan al avance de las desigualdades sociales que, oh, sorpresa, también castigan la avanzada sociedad nórdica. Estocolmo sufrió en la madrugada de ayer violentos disturbios en los barrios periféricos poniendo de manifiesto la grave indignación que recorre las clases humildes. Parece que sí, que otro mito - y no el de ABBA- ha caído. miércoles, 10 de abril de 2013
DOS VAGONES DE UN MISMO TREN
La actualidad hace a veces extraños compañeros de viaje, especialmente cuando se trata de viajes póstumos hacia la memoria colectiva. Casi seguidos, el otro día se fueron Bigas Luna -modernidad y sensual provocación- y Sara Montiel - tradición y tierna provocación-. Hoy veo en La Vanguardia, y más tarde en El Periódico, que Margaret Thatcher comparte foto y titulares con sus antípodas, José Luís Sampedro.
En pocos días "La Dama de Hierro" disfrutará por su lado de sonados funerales a toda pompa recorriendo la City de Londres. No es extraño, mientras las clases medias y humildes británicas sufrían sus inclementes golpes de autoritarismo suprimiendo políticas sociales y cercenando el Estado del Bienestar, la City -multinacionales, bancos e inversoras- celebraba entusiasmada sus estrategias económicas de desregulación de mercados y centralismo económico y financiero. En el exterior, su sobrevalorada determinación por decisiones belicosas y resolutivas no dejaba de guarecerse bajo la sombra del poderoso primo americano. Inglaterra la despide muy dividida. Normal, Thatcher nunca buscó el diálogo y siempre provocó división. Alternó aciertos para para unos pocos, con errores para muchos.
Ayer escuché divertido su primera entrevista con Aznar, digna de pasar a los anales del buen hacer diplomático, y a quien espetó sin remilgos: "No puedo hablar de nada con usted, es heredero de Franco". Seguidamente recuerdo su apoyo incondicional a Pinochet, cuando éste se hallaba recluído en su embajada de Londres acusado de genocidio y de crímenes contra la humanidad. A lo dicho, pocos aciertos y muchos errores.
Jose Luís Sampedro se fue a la manera estoica, sin hacer ruido, rodeado de los suyos en su casa, tras un sabroso sorbo de Campari y consciente de la plenitud de su vida. Se fue un sabio, todo conocimiento, serenidad y tolerancia. Una mente abierta que nos llegó de las profundidades de la España del siglo XX, demostrando que no todo fue oscuridad e intransigencia antes de la transición. En una sociedad como la nuestra, lamentablemente atestada de mediocres que solo saben rezar a pies juntillas los argumentos que otros les dictan a viva voz o a través de medios de comunicación adoctrinados, el viejo profesor Sampedro recuperó y ensalzó el espíritu crítico del individuo que se sobrepone a la docilidad de la masa teledirigida por el poder. Economía, política y literatura, un pensador eternamente joven al que siempre volveremos a reclamar en tiempos oscuros.
lunes, 4 de marzo de 2013
SEVILLA. TRES DIAS DE SUERTE.
No se si es viernes o domingo en este fin de semana tan denso, sólo que la luz de la mañana pelea duro por hacerse un rincón entre las nubes. Pablo tiene piernas fuertes y camina rápido. Me cuesta seguirle entre las callejas de la antigua medina. Huelo a incienso, intuyo el azahar por venir, el sol se abre paso entre forjas y geranios sin flor, el agua se escucha brotar en los surtidores de los patios. Es cierto, compruebo, aunque todavía colea el invierno todo es quietud y duende en el pequeño y bello barrio de Santa Cruz. Me enseña la plaza de Doña Elvira, su plaza preferida y ahora también la mía. No veo turistas, y los pocos que pasan parecen hacerlo de puntillas y anodadados; como así lo hiciera el bueno de Washington Irving, el primer americano que se rindió al embrujo moro del sur. Contemplo su placa y me transporta por un momento a la lectura de sus Cuentos de la Alhambra. Nos sentamos en la iglesia de los Venerables, sorprendemos al maestro organista que sin avisos previos nos regala, en tanto que ensaya, una memorable sesión. Nos sentamos, los tonos graves del gigante de metal retumban en el pecho. Qué gozada, sorpresa tras sorpresa. Minutos más tarde en el pequeño museo del antiguo hospital, así de pronto, sin demasiado ruido de medios descubro ocho piezas de arte maestras, dos nada menos que del genio de Velázquez. Seguirá por siempre maravillando su sorprendente soltura y decisión, su perfecto dibujo, todo equilibrio y mesura, sin aspavientos, sin extremar coloración, sin efectismos,... su Inmaculada Concepción es tan real y fresca que parece querer hablar de un instante a otro. Volvemos sobre nuestros pasos y un arco moro enmarca La Giralda. La ciudad permanece imperial e impávida a pesar del tiempo.
Todo arte, todo historia, sabores, olores,...
Y también sonidos. La noche anterior estuvimos copeando a los pies de La Maestranza. Un amigo de Isabel y Laura, rodeado de mujeres sevillanas que lo cantan todo en pura improvisación, rasga con poderío la guitarra en un rincón de un restaurante. Hay un grupo de jóvenes holandesas que se levantan de su mesa, no saben si quedarse boquiabiertas ante el espectáculo o arrancar a bailar. Finalmente se deciden por palmear mientras escuchan encantadas. En medio del corro, una morena de ojos negros y voz poderosa entona una rumba que todavía todavía hoy, lunes andodino, resuena en mis oidos:"Se me va,
ese amor que ido amasando con mis manos se me va,
se me va,
lo que tanto tiempo y yo he querido tanto se me va.
No hay razon,
que yo pierda en un momento lo que tanto me costo,
no hay razon, que se vaya de mis manos y en un soplo tanto amor.
Y se me va,
como el agua que se escurre entre mis manos, y se me va,
como el aire que no puede sujetarlo, como el tiempo que implacable va pasando, como el humo tu cariño se me va,
y se me va, y no puedo ya luchar por retenerlo y ese amor que en realidad se ha ido muriendo y por eso de mis manos se me va..."
Qué bueno que vine, me repito. Conversaciones con un amigo mientras el tinto reposa sobre la mesa, sin tapujos, sin horarios, una costumbre que no pienso volver a abandonar. Gracias Pablo.
lunes, 25 de febrero de 2013
NICOLE...
No daba crédito. Mientras conducía el jueves pasado, una emisora dejaba caer entre sus noticias de cabecera una bomba informativa: Nicole Kidman admitía públicamente haber sido víctima de una sobreexposición al bótox (toxina botulínica) y no estar nada contenta con los resultados del abuso sobre su aspecto actual. Se quejaba amargamente de que esa mala decisión le había apartado de la primera línea interpretativa de Hollywood y que su falta de expresividad facial le había alejado de papeles importantes. Lo dejaba, añadió -el bótox, creí entender-. Qué soponcio, qué desazón, el volantazo que propiné de poco me lleva a la cuneta. ¡No me digas Nicole! ¡Pues no nos olíamos la tostada, rica!, me dije en voz alta.
Falso, falso de toda falsedad. Sí nos la olíamos Nicole, sí, ya lo creo que sí. De hecho, mirando una de tus últimas fotos no podía estar seguro si te contemplaba a tí, o si miraba una reproducción tuya del Museo Madame Tussaud. Qué barbaridad. Cómo se te fue la mano, monada. ¿Es que nadie te pudo decir que por momentos te estabas transformando en estatua de cera? Malos amigos... Mujer, no era cuestión de pedir que conservaras el mismo terso y nacarado cutis de "Un horizonte muy lejano" (1992) -retransmitida ayer en TV española, ¿casualidad?-, cuando todavía eras una belleza de rompe y rasga...Pero una cosa es un retoque aquí, un detallito allá, y otra muy distinta es no salir de la consulta nada más que para ir a trabajar. No puede ser de ese modo, todo tiene un punto medio, que es donde reside la virtud. El caso es que Nicole consiguió atraer parte de la antención de Hollywood a pocos días de la gran gala de los Oscar -con permiso de Anne Hathaway y su despampanante vestido de Prada-, y hacer una confesión que casi supera la del tramposo y arrogante Armstrong -del que en algún momento, cuando acabemos de saber realmente todo lo que se tomaba, hablaremos-. No está mal, Nicole, no está nada mal como novedoso modo de hacerse marketing. Demostró nuevamente ser una chica lista y valiente, aunque de ser lista ya dio pruebas suficientes al deshacerse de Tom Cruise, el más plasta e inexpresivo de los actores de Hollywood, con diferencia.
Pero aparte de todo ello, lo cierto es que la estética se está colocando, incluso en tiempos de crisis, como una necesidad básica no ya de actores ni de gentes que viven de su imagen, sino de todo bicho viviente en sociedades avanzadas. Se ha publicado recientemente que el 74 % de las mujeres españolas utilizan habitualmente uno u otro método de medicina estética para mejorar su imagen, y que la cifra va en aumento mes a mes. Los varones parecen que comienzan a mirar la medicina estética como una opción válida para continuar conservando una imagen juvenil más allá de la práctica del deporte. El abultado número de candidatos sobradamente preparados para cualquier tipo de empleo en un atestado mercado de trabajo, la imposición cánones estéticos cada vez más exigentes y la nueva cultura del hedonismo y el carpe diem, provocan en las sociedades modernas una nueva preocupación cotidiana: estar guapos y visibles cuantos más años, mejor. Sin embargo, aunque nunca vaya mal lucir buen aspecto, yo personalmente me lo tomaría con calma.
Nicole, de todos modos, la próxima vez que debas pasar por el taller de chapa y pintura, mándame un wassap que te presentaré a mi amiga la Doctora Marta Grau, a quien dedico este blog, una gran profesional y gran experta en la materia. Mejor ponerse en buenas manos. Feliz semana, my friends.
lunes, 18 de febrero de 2013
SANIDAD PUBLICA
Cuando abrí este blog, ya lo he dicho alguna vez, me prometí hablar de política lo menos posible. Pretendía hablar de otras muchas cosas que me apasionan, algunas de ellas hasta interesantes. Lo que jamás me imaginé es que faltaría a mi palabra tantas veces y tan seguidamente. Qué se le va a hacer, escogí mal día para dejar de respirar pegamento -Lloyd Bridges, dixit-. Me esforzaré, lo prometo, en hablar de otras cosas en próximas entregas, pero debéis de reconocerme lo difícil que está abrir los ojos, no te digo ya salir a la calle o ver la televisión para no girar la vista y jurar en arameo... Ya no le pido a la clase política una capacidad extraordinaria de gestión, ni siquiera visión de futuro, ni que hablen fluidamente inglés o que muestren una mínima capacidad de liderazgo... Cada vez soy más modesto con esos objetivos y ya sólo les demando educación, que se comporten como adultos, y como dirían los juristas, que procuren actuar con el criterio de un "buen padre de familia". Igual también es demasiado, ya no sé...
El caso es que ayer fui de mani, a la de anteayer -la de las hipotecas- no pude ir. Pero no pasa nada, ahora tienes cada día un par o tres de manis, puedes elegir agusto la que más te ponga. La de ayer era la de los trabajadores de la sanidad, que supongo que sabréis que están en contra de los recortes de sus derechos, de la privatización del servicio y en contra de los recortes en la prestación pública en general. Poca broma con todo esto. A veces tengo la impresión de que no estamos bien advertidos de lo que nos jugamos con los recortes en sanidad, que en su actual formulación, universal y gratuita, supone la última frontera para no abandonarnos a la más absoluta desigualdad social. Sólo basta repasar la política americana de los últimos veinte años y ver la enorme resistencia que los grupos privados han mostrado para que la cosa cambiase en la dirección en la que nosostros nos hallamos hoy en día. Ni siquiera un presidente americano con todo el poder de veto del que viene investido, es capaz de doblegar a ese formidable y monstruoso lobby. Una sanidad privada como la que se postula, es falso, ni es más barata ni es más eficaz, es simplemente más beneficiosa -cuantiosamente más beneficiosa- para aquellos que buscan réditos fáciles a costa de la salud de la gente. Todo sistema para su eficiente continuidad y adaptación a los cambios sociales, políticos y económicos sin duda requiere reformas, puestas al día hechas convenientemente, cómo no, pero que no nos engañen, para este modelo de sanidad no existe otra alternativa ni más eficaz ni más justa e igualitaria. Si quieren dinero, que se busquen un pozo de petróleo y que se ahoguen en dólares, pero que no toquen nuestra salud, ni de las generaciones venideras. Quizás haya llegado la hora en que se deba buscar una nueva orientación para la planificación de las políticas públicas, y montarlas todas desde la intangibilidad de la sanidad y la educación, pilares básicos de nuestra salud y nuestro conocimiento.
La de ayer fue una manifestación en BCN muy tranquila, no diría que festiva, pero muy tranquila; y esto a pesar de la severa indignación que arrastran con todo motivo los profesionales de la sanidad, sin duda buena gente. Yo eché en falta en la calle a público de otros sectores, a ciudadanos en general, porque todos somos afectados en este envite. No es cuestión de mover a las masas a la revolución, pero sí como me decía una de las trabajadoras, a defender con determinación aquello que por derecho nos corresponde.
De vuelta a casa, con Mari C, al salir del metro una señora de unos cincuenta largos me pregunta por el emplazamiento de una iglesia en la confluencia de dos calles. Se me dirige correctamente en un castellano nativo y vestida con toda pulcritud. Va acompañada de otras señoras de edad similar y aspecto muy parecido, también españolas. Muchas gracias, caballero. Las veo alejarse a las tres hacia la iglesia, cariacontecidas, esperanzadas, arrastrando en pleno domingo el carrito de la compra.
lunes, 4 de febrero de 2013
CONTRASTES
Con mi amigo y compañero Jose, que se dedica a temas fiscales, hemos estado estos días comentando un caso que comienza a ser más que frecuente. J.M.S., metalistero de 46 años, que por causas de la coyuntura su negocio deviene en ruina, entra en depresión personal y profesional. Como ni si quiera puede pagar gestor y notaría, deja la sociedad sin disolver y liquidar a nivel registral. Se trata de un negocio pequeño, como la mayor parte de los que han ido empujando este país estas útimas décadas, pero, sin crédito ni clientes, la cosa se tornó inviable y tuvo que cerrar. Pasan unos años y su situación personal y profesional sigue siendo precaria. Nadie se ocupa de su destino, excepto un amigo siempre fiel: hacienda. Le reclaman la relación de declaraciones societarias de los años en que su negocio ya no existía y le abren procedimiento sancionador por no presentar las declaraciones que ya no podía presentar, y todo seguirá en ese camino de deuda incremental hasta que no presente la disolución y liquidación de la sociedad en el registro mercantil. Cuando las cosas le iban razonablemente bien, tiempos en los que creaba riqueza y empleo, algo que no abunda en este país -alguien se tendrá que dar cuenta algún día que si no fomentamos el espíritu emprendedor de la gente joven esto no va a ninguna parte, porque sencillamente sin empresas no pueden ser todos funcionarios y trabajadores por cuenta ajena-, era un sospechoso al que había que inspeccionar regularmente, como si su exigua nómina diera para verle en los primeros sitios del ránking de billonarios de la Revista Forbes. Ahora que los negocios le van mal, le siguen persiguiendo para ver qué acaban de encontrar en sus famélicos bolsillos. Se mira las cartas de requerimiento de Hacienda que con puntualidad aterrizan en su buzón, y piensa que antes de pagar aquello tiene que hacer frente al alquiler de su casa, donde vive con su angustiada familia. Está pensando seriamente en acudir a Cáritas para acabar de completar su bolsa de la compra semanal. Las dicusiones diarias con su mujer amenazan hacer saltar por los aires un matrimonio en pleno infortunio.
El sábado al mediodía, un señor con la voz temblorosa, rodeado de amigos asustados en torno a una mesa de reunión, se pone a hablar ante un micrófono y una cámara. Lo que debiera ser una rueda de prensa se convierte en un patético espectáculo de comedia. Él no está ante los periodistas, no tiene la menor intención de contestar a los molestos reporteros. Se ha colocado en una sala, con sus amigos y compañeros a puerta cerrada, y los periodistas contemplan su intervención en otra sala contigua, aislados, para evitar que tengan la menor tentación de requerirle por nada. El es de condición asustadizo, ha protagonizado alguna escabullida por la puerta de atrás del Congreso, siendo ya presidente de un gobierno bajo sospecha. Debieron creer que eran intocables, que nadie se atrevería a sospechar de ellos. Eso explica porque se comportaron con tanta arrogancia, un puntito de chulería y extrema beligerancia con casos ajenos que se basaban en documentos falsos -según reconoció la Policía, en el caso de Mas-. En esos casos azuzaron todos los fantasmas del odio, todas las amenazas del código penal, torpedearon la limpieza de unas elecciones y dieron credibilidad a una maniobra sucia, digna del peor y más ruín de los espías. Ahora piden la presunción de inocencia para ellos, la misma que negaron a otros -especialmente el Sr. Montero, ahora escondido de los micrófonos- y la misma que pidieron para Camps, Matas, Fabra, el Bigotes, Bárcenas, etc. Todos nombres ilustres del partido, que luego pasaron a ser particulares -"ese señor ya no es del partido".- Se tendrán que esforzar mucho más en esta ocasión, los apuntes contables reflejan operaciones, algunas ya confirmadas, y que quieran presentar auditorías para demostrar la inexistencia de sobres de dinero negro, francamente, suena a chiste de Gila. Pero eso no me alegra. Veremos qué hace Hacienda, Sr. Montoro.
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