No se si es viernes o domingo en este fin de semana tan denso, sólo que la luz de la mañana pelea duro por hacerse un rincón entre las nubes. Pablo tiene piernas fuertes y camina rápido. Me cuesta seguirle entre las callejas de la antigua medina. Huelo a incienso, intuyo el azahar por venir, el sol se abre paso entre forjas y geranios sin flor, el agua se escucha brotar en los surtidores de los patios. Es cierto, compruebo, aunque todavía colea el invierno todo es quietud y duende en el pequeño y bello barrio de Santa Cruz. Me enseña la plaza de Doña Elvira, su plaza preferida y ahora también la mía. No veo turistas, y los pocos que pasan parecen hacerlo de puntillas y anodadados; como así lo hiciera el bueno de Washington Irving, el primer americano que se rindió al embrujo moro del sur. Contemplo su placa y me transporta por un momento a la lectura de sus Cuentos de la Alhambra. Nos sentamos en la iglesia de los Venerables, sorprendemos al maestro organista que sin avisos previos nos regala, en tanto que ensaya, una memorable sesión. Nos sentamos, los tonos graves del gigante de metal retumban en el pecho. Qué gozada, sorpresa tras sorpresa. Minutos más tarde en el pequeño museo del antiguo hospital, así de pronto, sin demasiado ruido de medios descubro ocho piezas de arte maestras, dos nada menos que del genio de Velázquez. Seguirá por siempre maravillando su sorprendente soltura y decisión, su perfecto dibujo, todo equilibrio y mesura, sin aspavientos, sin extremar coloración, sin efectismos,... su Inmaculada Concepción es tan real y fresca que parece querer hablar de un instante a otro. Volvemos sobre nuestros pasos y un arco moro enmarca La Giralda. La ciudad permanece imperial e impávida a pesar del tiempo.
Todo arte, todo historia, sabores, olores,...
Y también sonidos. La noche anterior estuvimos copeando a los pies de La Maestranza. Un amigo de Isabel y Laura, rodeado de mujeres sevillanas que lo cantan todo en pura improvisación, rasga con poderío la guitarra en un rincón de un restaurante. Hay un grupo de jóvenes holandesas que se levantan de su mesa, no saben si quedarse boquiabiertas ante el espectáculo o arrancar a bailar. Finalmente se deciden por palmear mientras escuchan encantadas. En medio del corro, una morena de ojos negros y voz poderosa entona una rumba que todavía todavía hoy, lunes andodino, resuena en mis oidos:"Se me va,
ese amor que ido amasando con mis manos se me va,
se me va,
lo que tanto tiempo y yo he querido tanto se me va.
No hay razon,
que yo pierda en un momento lo que tanto me costo,
no hay razon, que se vaya de mis manos y en un soplo tanto amor.
Y se me va,
como el agua que se escurre entre mis manos, y se me va,
como el aire que no puede sujetarlo, como el tiempo que implacable va pasando, como el humo tu cariño se me va,
y se me va, y no puedo ya luchar por retenerlo y ese amor que en realidad se ha ido muriendo y por eso de mis manos se me va..."
Qué bueno que vine, me repito. Conversaciones con un amigo mientras el tinto reposa sobre la mesa, sin tapujos, sin horarios, una costumbre que no pienso volver a abandonar. Gracias Pablo.

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