jueves, 23 de mayo de 2013

SUECIA Y SUS (MIS) MITOS.

La primera vez que oí hablar de Suecia fue a través de la inmortal y nunca bien ponderada Pippi Langstrum. Alucinaba con sus historias, es cierto, pero claro, sabiendo que era sueca, no entendía muy bien porque los mayores hablaban tan bien de las chicas suecas. Entonces todavía no era un gran entendido en la materia, pero con franqueza, Pipi me parecía de todo menos guapa. Fue entonces cuando calibré, en mi personalísima manera de interpretar la geografía mundial -me encantaba dibujar mapas imaginarios, con sus desiertos, sus oasis, sus cordilleras infranqueables...- de la posibilidad de que hubieran dos Suecias, una Suecia del Norte, más fría y extraña, -la de Pippi y el Señor Nilsson-y una Suecia del Sur, más soleada y poblada por las maravillosas vikingas de las que hablaban los mayores y las películas de Landa -un cariñoso recuerdo para "el crack"-. No tarde mucho en dejar de creer en esos mundos imaginarios, y en reparar con nostalgia en que sólo había una Suecia, en la que cabía de todo, y en confirmar, eso sí, que las suecas, fueran rubias o no, merecían una nota ciertamente alta. Lo probaba el abrumador éxito de ABBA, estuve enamorado bastante tiempo de la inefable sonrisa de Agnetta y su voz me perseguía a todas horas, aunque no fuera capaz de confesar que me encantaban sus canciones - y las de los Bee Gees-. Es hora de quitarse la careta.

Pero cuando vas madurando, te siguen contando cuentos y a veces te los crees y otras no. Un mito sueco que también me persiguió durante décadas - y no hablo ni de Thor (devoraba los comics de Marvel que me enseñaron a dibujar) ni de Bjorn Borg, sobre el que sigo profesando una imperecedara admiración, su revés a dos manos es de las pocas cosas ciertas en las que uno puede creer- fue el elevado estándar de su sociedad del bienestar, y de paso, el de toda la región escandinava. Cuando desperté al también descorazonador mundo de la inquietud política, cuando aún piensas que tu aportación puede reusltar de algún interés a la sociedad, no había tertulia política en la que participara en la que en  uno u otro momento no tratara de colocar el ejemplo del éxito de la sociedad más igualitaria del occidente democrático. Más tarde, a lo mejor te lo sigues creyendo porque no deja de tener su fundamento, pero dimites de tus conversaciones políticas que no sirven para nada y de la que pocas veces se saca algo en claro, comprobada las pocas ganas que se suelen tener de abrir los ojos a los argumentos razonables y bien fundamentados. Pues bien, está visto que este siglo XXI, ya asentadas todas las consecuencias de la "era de la información" y sus revoluciones tecnológicas, materializadas todas las consecuencias de la mundialización, va a acabar de destruir los pocos mitos que nos quedaban. Suecia, leo hoy en mi diario de cabecera, no escapa a los accesos de la ira social que acompañan al avance de las desigualdades sociales que, oh, sorpresa, también castigan la avanzada sociedad nórdica. Estocolmo sufrió en la madrugada de ayer violentos disturbios en los barrios periféricos poniendo de manifiesto la grave indignación que recorre las clases humildes. Parece que sí, que otro mito - y no el de ABBA- ha caído.

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