miércoles, 27 de noviembre de 2013

ENDER. (Como los turrones, estoy de vuelta casi en Navidad).

Mi afición por la pintura y el arte vino desde muy pequeño y de una manera muy tangencial. Los cómics. Yo fui uno más de aquella legión de chavales que se pirraban por las aventuras de los superhéroes de Marvel, aventuras que más allá de los castañazos que se propinaban sin miramientos, solían poner a los superhombres en verdaderos dilemas existenciales. Pasaba horas siguiendo sus hazañas, intentando comprender la eterna lucha entre el bien y el mal, el debate interno que les consumía entre el uso de la fuerza bruta y la defensa de la paz, y más horas pasé todavía tratando de emular la perfección de los trazos de sus dibujantes. Se conoce que de tanto imitar y repetir, algo afortunadamente se quedó en mi lápiz. Menos mal, no fue todo perdido. Y lo lamento por sus seguidores, pero yo era más de Thor, que no de Peter Parker, Clark Kent o Bruce Wayne. Thor no tenía doble personalidad, era simplemente un Dios, así, a secas, y encima era sueco, como Bjorn Borg, Agnetha Fältskog y el Premio Nobel, ahí es nada. Thor lo tenía todo, para eso era un Dios, el Dios del Trueno, y a ver quién se metía con un Dios y salía ganando. De eso, nada.
El caso es que desde que se estrenó venía loco por ver la película y someter a mi sesuda y experta crítica el resultado de tamaña osadía, la de enlatar en imágenes digitales a mi queridad divinidad, el hijo de Odín. Por fin, un domingo de lluvia no hace muchos días fui al cine y me encontré que la sala estaba llena, leches, seguro que de ignorantes oportunistas que apenas tendrían un par de referencias del personaje, si llega, y se meterían a comer palomitas sin respirar. Total, que cariacontecido no tuve otra que escoger entre las películas restantes. El Juego de Ender. Compré palomitas -para comer pausadamente, claro- y me apoltroné sin muchas esperanzas de nada. A los pocos minutos comencé a pensar que, tal como transcurría la historia, me había topado con la versión galáctica de Harry Potter. Cuando empezaba a arrepentirme de la ocurrencia de engañar a mi estimada deidad con un sabiondo adolescente, el filme empezó a dar un giro que me logró interesar. Amistad, liderazgo, inteligencia emocional, jerarquía militar, violencia, razón, tecnología, la soledad de la especie humana, guerra preventiva, y poder. Del tirón. Thor podía esperar, estaba contemplando una gran obra que, además, me sorprendió con su final inesperado. Entre sus conclusiones y moralejas destaco una: el poder miente, y el poder absoluto, miente absolutamente.

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