martes, 1 de abril de 2014

EL DESAMPARO DE LOS CONSUMIDORES

Parece que un dia de estos entra en vigor el nuevo recibo de la luz. Esta mañana un presentador de radio, de derechas, le preguntaba al experto en materia de consumo por qué seguirá siendo tan complicado descifrar qué pagamos exactamente en el recibo de la luz, lo que consumimos, vaya, y si esa dificultad en la lectura del recibo era realmente necesaria. Es evidente, no hay que ser un experto para responder, que no, que no hace ninguna falta complicar las cosas para que se entienda el recibo de la luz. Lo que ocurre, como bien sabemos todos, es que las compañias energéticas no están interesadas ni un pelín en que se sepa el pastizal que se llevan crudo de los consumidores cada mes, sin venir a cuento, más allá de lo que estrictamente se consume. El cuento chino de qué hay un déficit histórico de los consumidores hacia las compañias que debemos ir sufragando progresivamente, no tiene ya ningún bobo conformista que se lo trague.


Como en el asunto de los bancos -preferentes y venta de acciones fraudulentas-, el del recibo de la luz es un tema que huele fatal, un tema que algún día, esperemos que no muy lejano, acabará en un juzgado y que, gracias a que un juez valeroso, que no se dejará intimidar por el mastodóntico y poderoso aparato de presión del oligopolio energético, se fallará en favor del consumidor. Pero luego un enredo inacabable, seguramente entretejido de amenazas veladas del gobierno, como en el tema del diesel a los tranportistas, acabará difuminando los efectos perjudiciales para las compañías y los consumidores seguirán igual de desamparados que de costumbre pagando un cánon feudal sin posibilidad de resarcimiento. El ruido orquestado desde la prensa militante acabará de tapar el escándalo.


Hace un par de días, otra presentadora de radio, de izquierdas, ante el generalizado panorama de protestas -silenciado a base de desviar la atención con los líos de los gamberros de turno- se preguntaba para quién gobierna la presente administración de Rajoy -aunque pienso que la cuestión podrá hacerse extensiva para otros gobiernos-. La respuesta cae por su peso: se está gobernando para asegurar la potencia financiera de la banca, las gran empresa multinacional española, los oligopolios energéticos y las grandes empresas de comunicaciones, pero no para la clase obrera y la clase media, y lo que es peor, se gobierna para asegurar que el margen de beneficios de esos gigantes hambrientos no se restrinja ni en época de crisis. El capitalismo basado en el riesgo de la inversión, en el trabajo y el esfuerzo cotidiano, ha quedado para la heroicidad de los pequeños y medianos empresarios, quienes, curiosamente, son los que más empleo dan en este país, y los que más aportan al PIB. Los beneficiados del amparo de las leyes y del gobierno y que muy poquito arriesgan son unos cuantos conocidos, acostumbrados a compartir cenáculos, palcos y espectaculares -y catetas- salas de reuniones en plantas altas y soleadas. Nosotros seguiremos pagando sin rechistar, y asistiremos atónitos a cómo se degrada nuestra eudcación, nuestra sanidad, y cómo nuestra materia gris nacional - al últmo informe PISA me remito-, sigue disminuyendo de forma alarmante. Claro está, como dice el informe PISA, esos alumnos hoy, ciudadanos del futuro, "les cuesta resolver problemas cotidianos", con lo que se está abonando el campo para seguir sine die facturando al personal lilegibles facturas de la luz.

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