Ha pasado demasiado tiempo. Como siempre. Creo que casi he olvidado sus rasgos extremadamente rugosos y cobrizos, pero no su mirada. Una mirada oscura y brillante a la vez, algo enrojecida, serena, sabia. Mientras le hablaba al viejo hindú, en un atiborrado comercio de Varanasi, primero me miraba con curiosidad, luego con algo de incredulidad, más tarde con compasión, hasta que frunció el ceño como concluyendo que yo le parecía un tipo extraño, igual de extraño que todos los de mi clase, y acaso todos los de mi mundo; por fortuna, lejano y extraño mundo, debió pensar. Frente a un té le relataba nuestra forma de vida. Estudiábamos de jóvenes, y más tarde trabajábamos. Pedíamos dinero al banco para pagar una vivienda, el préstamo lo devolvíamos durante gran parte del resto de nuestra vida, y bastante más de lo que nos dejaron. La mayor parte de nuestra gente, yo le comentaba, tiene que pagar cada mes letras por el coche, por los frigoríficos y los aparatos, por el teléfono,la luz,... hasta por juguetes de los niños... Es una lucha constante para salir adelante, día a día, año tras año. No entendía nada aquel hombre, mi viejo amigo hindú. Tanto esfuerzo durante tanto tiempo, ellos, que procuran planear como mucho lo que harán dentro de media hora... Tampoco entendía porque acumulábamos cosas, compramos ropa cada dos por tres, por qué nos pasamos la vida de aqui para allá... De vez en cuando miraba a su amigo, tan cobrizo y sonriente como él, en plena sintonía con sus pensamientos y en general en plena comunión con el pausado ritmo y la adormilante atmósfera vital de aquella latitud. Los amigos intercambiaban un momento de silencio, parecían decirse ¡qué sonados andan por occidente! Lo dejé estar, mientras más hablaba en mi atropellada verborrea yo mismo me iba convenciendo lo superfluas que resultan la mayor parte de cosas que nos rodean por aquí. No hicieron falta más conclusiones en aquella conversación. Vistas las circunstancias, concluí que lo mejor era unirme a su silencio reflexivo. ¿Más té? me acabó diciendo.
De aquella antigua correría por la India volví pensando de forma muy diferente, aprendí a relativizarlo todo, a valorar más el aquí y el ahora. Y aunque a menudo olvido todo lo que aquella buena gente me enseñó -difícil es abstrerse del torbellino consumista-, sobre todo esa innata capacidad de ser felices sin necesidad de acumular nada, procuro de vez en cuando volver sobre esos recuerdos. Admito que a medida que pasa el tiempo, menos me cuesta entender esa sencilla y eficaz forma de ver las cosas, más ganas siento de no acumular nada, de soltar la mochila, mirar adelante y caminar con las ataduras justas.

¿La fotografía no está al revés? Los árboles están al revés y el agua suspendida. Se ha fijado en las personas y no en el contenido. Es mi opinión.
ResponderEliminarCorrecto, se ha fijado en el reflejo del edificio y las personas. Cosas del fotógrafo, la obra es suya.
ResponderEliminarPor que será que todo esto me suena mucho , ¿ Quien me "introdujo" en mi continente favorito, y me ayudó a entender a su gente , su sabiduria eterna , y en fin a aprender a conocerme mejor por dentro ?
ResponderEliminarLa India es mas que un viaje, es una experiencia vital, que nos hace mirarnos a un espejo, que nos devuelve una imagen, que a veces no nos gusta nada, no es cuestion del país, muchas veces es cosa nuestra.
Nos hace ver que la felicidad es la meta a seguir, y que ésta no depende de todo lo material que atesoramos sin descanso, sino de nuestra actitud.
A veces nos hace falta un viaje como ese que hicimos tu y yo, para empezar a ser mas sabios.
Muchas gracias por ese viaje y por ser mi amigo.