martes, 3 de abril de 2012

I DO LOVE AMSTERDAM

Moras, arándanos y frambuesas. Las meto en un cuenco y echo un yogur con azúcar. Luego el zumo de naranja, es rojo. Me lo tomo mirando al jardín, urbano, no muy profundo, algo desordenado, pero me resulta un caos lleno de belleza. Arriba un cielo azul nítido, moteado de palomas y patos; creo que oigo campanas de una torre cercana. Vuelvo sobre el desayuno, inmenso sobre una mesa de madera en una cocina hogareña, salpicada de cuadros, flores y plantas. Mario, el dueño del alojamiento, en la tranquila zona de Wetermarkt, se sienta conmigo y me pregunta mientras saboreamos un café. Dice que le gusta mi país, mi ciudad le enamora y que las cosas, no te engañes, por aquí están igual de mal. Cambio de conversación, me fatiga el tema de la crisis a todas horas y en todas partes.

Salgo de la mano con Carmen -¡qué fría!-, vadeamos los canales hasta el mercadillo de los tulipanes. Un timbre nos alerta de una bicicleta. Dos chicas jóvenes, muy rubias y bellas nos miran y sonríen. Los tulipanes no llegarían vivos a España, me dice ella. ¿Y las semillas? Tú no las cuidarás. Un museo. El maestro Rembrandt compró una casa de tres plantas en el barrio viejo de Amsterdam hacia 1683, la gravó con una hipoteca. Allí impartía clases de pintura y grabado, tenía su estudio, vivía con su mujer y como era costumbre entre los pintores de la época, también vendía cuadros, suyos y de otros colegas. Las cosas empezaron a ir mal al cabo de varios años, dejó de tener muchos alumnos, se divorció de su mujer, le abonó una cuantiosa pensión, dejaron de venderse cuadros y el banco se le echó encima y se quedó con la casa. ¿Historia antigua? Pues a mí me suena a moderna. Se subastaron todos los objetos de la vivienda y de aquel registro se pudo reconstruir el hogar del pintor. Murió pobre.

Es domingo, pero muchos comercios abren. Descansan el lunes, libertad de horarios. Raro es el comercio que no se adorna de bellas telas al óleo, modernas o no, abstractas o figurativas, esculturas y pinturas en cada rincón de cada hogar, de cada negocio. La cultura no es una pose, una campaña, o una moda. El arte se vive a todas horas. Menudean estudios de jóvenes pintores por el centro, señal de que el arte no es un oficio de locos, frikis o hippis. Se trata de un oficio respetado y valorado. Ayer noche, comentamos en una terraza a la orilla del canal, la gente se echó a la calle en masa. El anticiclón le regaló a la ciudad una inusitada bonanza que invitaba al callejeo. La edad no es un tabú. Todos se mezclan a la hora de salir y conversar, con canas o no, con arrugas o sin ellas. Los locales se abarrotan, son cafés y bares a pie de calle. La música no tapa en ningún caso la conversación de la gente, les gusta hablar, intercambiar experiencias sin que un pitido prolongado les arruine el oído. La conversación es casi una religión que no se profana. A según qué pasos se advierte olor a marihuana, la hay por todas partes, sin embargo la adicción no es allí un problema, ni tampoco el alcohol.


Seguimos andando. Es verdad, Carmen tiene razón. No usan cortinas y no parecen preocupados porque se vea el interior de las casas. Libros y libros, cuadros y más cuadros. Se acerca el mediodía. Una pareja de avanzada mediana edad se besa sin contemplaciones sobre un puente elevado. Es un beso distendido, prolongado, sin menudencias. Un barco pasa bajo el puente y tampoco se le oye. I do love Amsterdam.

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