Cuando alguien reúne más de cuatrocientos premios por una brillante carrera, cuando la naturaleza te ha concedido el raro don de mostrar tu cuerpo y causar una arrolladora admiración, cuando miles y miles de hombres suspiran por una sonrisa tuya, cuando prohombres, presidentes y celebridades de todo el planeta se inclinan a tu paso, rindiendo pleitesía a tu voz, a tu talento, a tu clase, cuando la fortuna te ha sonreído tanto y tanto cariño has recibido, parece imposible que la soledad te embargue hasta la tristeza, la extenuación y la muerte. Pero lo es, desgraciadamente es posible y de qué manera. Cuando ni la maternidad te satisface y ni siquiera la sonrisa de tu hija es capaz de rescatarte de esa inabarcable melancolía, la depresión y el abandono te pueden, te someten y te acaban matando.
No, desde luego, no parece comprensible que una belleza que hacía palidecer de envidia a muchas modelos de su época, que viéndola cantar, caían en la cuenta de lo poco comparable que resultaba su sola belleza, cuando a la belleza se le reunía un talento demoledor como el que mostraba la diva de Newark, pueda acabar de esta calamitosa forma. Si algún apelativo describía con relativa justicia a Whitney era "deslumbrante", y con todas las mayúsculas. Y debe decirse que ese apelativo resultaba muy caro para una persona que explotó en la rara década de los ochenta, en la que debía convivir con monstruos instalados en su cénit como Jacko, Springsteen, Michael Jordan, Madonna, o Mandela, y un largo etcétera en todos los campos del saber y la cultura, lo cual es mucho decir. Whitney era así, talento y belleza en estado puro, entrega sin aristas, incomparable genio en cada gramo de su cuerpo, en cada prequeña brizna de su voz.
E igualmente cuesta creer que semejante diosa se pirrara por un verdadero mastuerzo que, por contra, reunía todos los defectos que a uno se le puedan ocurrir, aparte de la más completa cobardía . Además de todas las adicciones, el tipo era un vulgar y ruín maltratador, un envidioso machista, una mala persona incapaz de reconocer la inconmesurable dicha que la vida le entregaba sin pedirle nada a cambio. Qué ironías... Desde que lo conoció, vaya día, Whitney, que además de belleza y talento, era hasta ese momento todo cordura, prudencia y buena imagen, cambió y de qué forma. Su corazón palideció, olvidó la alegría de vivir y de disfrutar de su gloria, para abrazar la deseperación, el desprecio de un imbécil y la adicción. Como admirador suyo me refugié en sus discos, en su voz imperecedera, y me resistí a saber de su lento e irrefrenable declive, de su eterna persecución por una felicidad que se le negaba. Yo me quedaré siempre con aquella belleza que tuve el honor de contemplar en su flor y bien de cerca, una lejana noche de verano, en la que su voz, sólo acompañada por un piano, hizo estremecer hasta los mismísimos cimientos de la Monumental en Barcelona. Espero que ahora por fin sí puedas ser feliz. Besos, Whitney.
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