viernes, 23 de septiembre de 2011

LUGARES COMUNES (I) y DIVORCIO.

Cualquiera de mis distinguidos compañeros  de profesión que acaso tú conozcas  en tu círculo social  lo corroborarán sin peros. No es extraño que cuando te vas de cena con amigos y/o conocidos, alguien se entera de tu trabajo y se acerque a tí con cara reflexiva, ceño fruncido y mirada escrutadora, para preguntarte al segundo siguiente y disparando a quemarropa: ¿cómo podéis defender a una persona sabiendo que es culpable?, y añaden luego para rematar: "¡yo jamás podría!". Con la edad, y respetando siempre el interés que demuestran por tu persona -para bien o para mal-, acabas contestando con un pequeño resoplo que básicamente eso a tí te da igual, que todos tus clientes te dicen que son inocentes, que tú no estabas allí cuando todo pasó y que no estás para juzgar; o  mejor le dices que encarnas la salvaguarda que el sistema  legal coloca como garantía de un proceso justo para todos, y depende del día y de tus hormonas, incluso saltas con un inoportuno y seco "me perdonarás, pero yo no vine aquí para arreglar los problemas de la democracia, soy mucho más modesto que todo eso". Sin embargo, lo normal es que mi respuesta, premeditada ya como la de una operadora automática -una vez pulsas la tecla dos-, sea muy cortés, un punto pedagógica y algo vanidosa, para que nos vamos a engañar, y acabe decantándose por la leve perorrata jurídica que ni  siquiera a tí te apetece escuchar... Gajes del oficio.

Pero existe otra pregunta que esta sí, muy rara vez, me perturba cuando se me formula de higos a peras: ¿cómo has podido casarte y tener hijos viendo la de divorcios que tramitas? Podía acabar ràpidamente con la cuestión respondiendo algo así tan melifluo y sincero como "porque quiero a mi chica". Pero aunque esto sea del todo cierto, eso ya no se lleva, y menos en una sociedad  como ésta, de asfalto, acero y hormigón, por lo que tras balbucear con torpeza unos instantes, tomo aire y suelto mirando a los ojos: "pues porque ni todas las personas somos iguales, ni a todas nos aguarda el mismo destino". Como podréis comprobar sin dificultad  esta respuesta es más eficaz, menos comprometida sentimentalmente, hiere menos -o eso creo yo- y deja en medio un segundo de honda reflexión que enseguida te permite cambiar de tercio y volver a la conversación primera. Los hay que, inasequibles al desaliento, no se dejan sorprender con facilidad y siguen con el tema: ¿Verdad que con la crisis hay menos divorcios? Pues mira, esta cuestión -ya nada personal- me gusta más, así que, sí, aquí sí que me pararé un minuto.

La semana pasada el INE sacó a la luz una de sus más demoledoras encuestas anuales, que por cierto ratificó mi teoría personal al respecto. Yo nunca ví, como se aseguraba comúnmente, que los divorcios disminuyeran  con la crisis, al contrario, personalmente notaba un ligero incremento ("cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana..." El Último de la Fila) que me parecía en total sintonía con los tiempos que vivimos. Más de 110.000 parejas pusieron fin a su relación en nuestro país, un 4% y pico más que el año anterior. Es significativo, aunque ya no sorprenda el dato, que la gran  mayoría de las rupturas se den entre los 40 y los 49 años, y después de unos 15 años de relación. Cada vez parece más claro que la norma, como hasta hace unos años sí era, no es la fidelidad eterna, si no la caducidad a la vista de la quincena. O sea, la monogamia sucesiva. Según leo en el artículo de referencia (ADN, 20/09/2011), la psicóloga de pareja M. Arasanz afirma que "el aburrimiento a todos los niveles -social, sexual,...-, el cambio de expectativas a esas edades y la enorme exigencia sobre las cualidades de la pareja -buen amante, buen sueldo y buen padre o madre-" acaban destruyendo la unidad familiar. La crisis y los problemas en el trabajo acaban haciendo el resto.


En fin, no soy un experto en estos temas más sensibles, y creo haberlo expresado ya en este mismo blog en alguna ocasión, pero creo que los tiempos modernos no invitan precisamente a que cuidemos mucho ningún tipo de relación personal: ni la de pareja -matrimonios o no- ni la de amistad, ni la familiar casi, y no digamos ya la de vecindario. A lo mejor ésta es también una revolución pendiente: la de buscarnos de nuevo y volver a mirarnos todos con franqueza, serenamente, y con sentido del humor. 

¡Y por Dios, que le den ya a la crisis!


Dedicado a mi distinguida "compi" Chelo Sierra. Merci. Besitos.

martes, 20 de septiembre de 2011

YO COTILLEO, TU COTILLEAS...

Una persona por la que siento gran estima, y cuya identidad no desvelaré por ser alguien muy celoso de su privacidad, me dijo hace unos días que lo de las redes sociales es todo un gran "cotilleo". Es cierto, contesté, pero se trata de un cotilleo que tú permites cuando muestras tus asuntos y pensamientos en el foro. Y es que, para qué negarlo, todos bien sabemos que lo de comunicar por la red, incluso la posibilidad de que alguien te siga tras la pantalla dispone de una dosis de morbo de la que poca gente quiere, ni siquiera puede, abstraerse. Eso de que nuestra pantalla se convierta en un cómodo y luminoso balcón por el que mirar la vida ajena y exhibir la nuestra ha supuesto un enorme atractivo para que las tecnologías de la comunicación acaben arrasando con nuestro convencional estilo de de vida. Saber de los demás y que ellos sepan de tí,  en efecto, se trata de que nuestros gadgets de comunicación velen porque nosotros no estemos fuera de este mundo. Es como si de repente, por causa de un inopinado seísmo generacional, todos tuviéramos la imperiosa necesidad de hallarnos conectados y de que a ser posible, nuestras imágenes nos prolonguen en el tiempo. Es ya tal nuestra exigencia de pegar nuestra vida al disco duro o al chip del teléfono, que ya apenas existen secretos que allí no guardemos... Así es, al igual que otras tantas surgieron por mor de la diosa Venus Informática, se cuentan por millares las parejas que se deshicieron por depositar su intimidad tras una pantalla...Y luego pasa lo que pasa. Si no, que se lo digan a Christopher Lee, congresista republicano por NYC, que dimitió no hace mucho de su escaño tras aparecer sus fotos con el torso desnudo, buscando pareja según parece, por internet.

No, hoy no podía evitar meter la cuchara en la noticia más seguida en la red los últimos días -la semana pasada ya- y el cotilleo por antonomasia más sabroso que ha dado el mundo de las telecomunicaciones en mucho tiempo, además con imágenes incluidas. El caso es que, sabréis ya, la inefable Scarlett Johansson  -señorita que jamás tendré el infortunio, y digo bien, de conocer personalmente- ha sido pirateada en su móvil por astutos y desaprensivos "hackers" que han captado sus imágenes de diosa despistada, desnuda en su propio hogar. Scarlett se gusta, cómo no, a sus veintiseis. Se mira y se gusta mucho, se mira a través del espejo de arriba abajo y acaso contemple, trate de inmortalizar ese cuerpo que algún día dejará de despedir brillos nacarados. Sonríe mientras se hace las fotos, y mira a la cámara segura de que el objetivo la idolatra y, quién sabe, serán imágenes que seguramente compartirá con alguien que sólo la conozca por su nombre de pila, Scarlett. Así lo delata su mirada. 

Scarlett -desde su bautizo estaba escrito que se dedicaría al cine- no reaccionó mal, admitió su autoría de las fotos sin dejarse llevar por la indignación. Quizá fuera un descuido cuyo resultado luego le ha apetecido aceptar, o puede que lo de la desnudez le traiga al pairo, como debiera ocurrir siempre. Yo confieso que he tenido la tentación de reproducir esas fotos en este blog, hubieran quedado divinas, como ella, pero al final lo he rehusado por llegar a la triste conclusión que no estaban tomadas para ser vistas por un servidor, así que mejor cuelgo una de pose que seguro que esta sí la aprobaría. En cualquier caso, ojo al dato, queda claro que ya no queda espacio personal cibernético que no pueda ser violado. ¿Y eso realmente importa?, me pregunto yo.

viernes, 9 de septiembre de 2011

PERFECTOS O NO

Mucho antes de que George fuera perdonado de desaparecer a cambio de cuatro pastillas de café -quién se lo hubiera dicho a Moisés hace unos tres mil quinientos años, ni siquiera ya Dios es lo que era-, mucho antes de que a su paso dejara embobadas y desoladas a millones de féminas, hubo otro galán que durante más de cuatro décadas hizo carne el mito del príncipe azul, dejó una imborrable estela de elegancia y agudeza y dignificó el Olimpo de Hollywood como pocos actores lo hicieron jamás.  Era el bueno y controvertido Archibald Alexander Leach, más conocido como Cary Grant, cuya biografía firmada por Marc Eliot recomiendo vivamente como demostración de que muchas vidas reales fueron más atrevidas e intensas que todas las novelas que nadie imaginarse pueda.

A través de Eliot pude documentarme definitivamente sobre mi actor de cabecera, recorrer  junto a Cary los años dorados de la Meca del cine, y reconocer en él a una personalidad convulsa, una inseguridad permanente que no casaba en absoluto con el personaje sólido, sereno y bello de Roger Thornhill, que ni siquiera descomponía su proverbial flema cuando era secuestrado en el hall del hotel Plaza de Nueva York, al ser confundido con el agente doble George Kaplan. La vida del ejecutivo R. Thornhill -"Con la muerte en los talones" (North by Northwest), Hitchcock, 1959- no deja de superar riesgos de toda clase durante toda la trama sin que él pierda una ápice de galanura y sentido del humor. Confieso que en el 2008, estando en Nueva York unos días de descanso -si es que esto es posible en Manhattan- me alojé en el Helmsley Park Lane, que mira al Central Park y a pocos pasos de la Quinta Avenida y el Hotel Plaza. Es evidente, me faltó tiempo para acercarme al Plaza, y me dio un vuelco el corazón al comprobar que estaba cerrado por reformas. Aún así me las entendí con el portero para que me dejara adentrarme unos pasos en el vestíbulo y recorrer los mismos que dio el viejo Cary cinco décadas atrás.

Admito que siempre me han atraído enormemente aquellas personas y personajes que supieron vivir su vida apartados de los convecionalismos, y que supieron reconocer todo lo mágico que guarda nuestro tiempo de vida. Cary desde luego supo vivir de una forma intensa cada minuto de su vida, pero todavía más que eso, me atrajo su desasosiego vital y su lucha eterna por tratar de estar a la altura del egregio personaje que creó, quizá y en mi opinión el mejor actor de todos los tiempos. Me conmovió de veras saber que sus lecturas preferidas fueran todos libros de autoayuda, ya muy de moda en América de los cuarenta. Por mi parte siempre he desconfiado de ese tipo de libros, sobre todo por la vaguedad académica y biográfica de sus mayores representantes. Pero las cosas están así. No hace mucho  me llegó a sorprender en una entrevista de contraportada en un diario, un señor que se decía experto en "coaching", autor de un tratado de saber vivir de forma equilibrada y reconocer luego tan campante que se había casado cinco veces nada menos.

Pero es evidente que ese tipo de lecturas cumplen una función, sirven y mucho a personalidades en crisis o simplemente a personas que necesitan explicaciones más allá de respuestas generales y no creen necesario sacar a pasear su ego distraído ante un señor desconocido que se titula psicólogo, y muchas veces , es cierto, incluso se trata de obras correctas por muy oportunistas que sean muchos de sus autores. La confusión es casi un estado natural del ser humano y a veces no va mal una guía que nos indique un rumbo determinado. A fin de cuentas, todo acaba en una mera cuestión de fe, y saber que a la postre toda respuesta y solución parte siempre de uno mismo. Cary, por su lado, era así de confuso; llegó a decir en una ocasión algo a así como que  ya no sabía si era Archibald  Leach o Cary Grant , y que por eso ya dudaba de los dos. No estoy seguro de que se fuera de este mundo sabiendo ésto, pero lo cierto es que a mi juicio Archibald superaba  en casi todo a Cary, precisamente por éso,  porque era un ser confuso e imperfecto. Me hubiera gustado decírselo en persona.

Mi recuerdo cariñoso a la gente de Nueva York.