Hacía unos meses que no nos veíamos. Gerard es un tipo singular: simpático, no muy profundo, buen conversador. Quedamos a comer en el centro, tenía muchas ganas de verme, me dijo. A tu disposición, ya sabes.
Durante esa primera caña que te sirven para que gastes algo antes de probar bocado, me contó que echaba de menos una reconstituyente conversación con un buen amigo. De esas que se tienen de forma relajada, sin orden del día, de las que vuelan ràpido de un tema a otro como una brisa caprichosa. Mientras comenzaba a relatarme sus últimos días de trabajo, que transitaron entre tensas discusiones con su equipo sobre qué departamento debía soportar los recortes de personal, no pude evitar observar de reojo las imágenes que llegaban del Cairo en la televisión.
Me alegraba pensar que amigos que dejé allí hace ya muchos años, eternamente enojados por la falta de libertad en el Nilo, ahora tuvieran su oportunidad de gritar su enfado, de emocionarse con la nueva era que les aguardaba, de vivir ese gozoso vértigo de quienes con sus manos sienten que pueden construir un futuro mejor. Recordaba conversaciones en aquella plaza, en las escalinatas del Museo Egipcio en las que aseguraban ante mis oídos escépticos que algún día acabarían con el dictador. No lo dudaba del todo, sabías de sobras que se trata de un pueblo tolerante entre los más herméticos de su contorno. Pero los recuerdos que llegaban de la revolución jomeinista, me hacían temer sobre la dirección concreta que tomarían de los vientos de cambio. Y es que quien conoce aquellas milenarias tierras sabe también, que una cosa es la tolerancia que guardan para los extranjeros, y otra muy diferente es la que luego imperaba en los hogares. Egipto es tolerante porque en gran medida ha absorbido influencias de sus visitantes, lo que no quiere decir que entre sus gentes no haya alertagado un silencioso ejército de conservadores recalcitrantes.
En el segundo plato Gerard, sin solución de continuidad, comenzaba con sus quejas domésticas. No será para tanto, le contesté. Y me lo argumentó. Yo volvía entretanto a la plaza Tahrir. Y al zoco de Khan el Khalili, donde en unos de sus antiguos comercios de oro lloraban la muerte de un joven manifestante. Muchos como Ahmed morirán en la revueltas. Yo sólo deseo que nadie les olvide, que no olviden la causa de su muerte: murieron luchando por la libertad. Mientras en Libia, en Yemen, en Bahrein jóvenes internautas siguen llamando a la revolución, que su lucha no sea en vano, que no se cambie dictadura por inqusición. Merecen una oportunidad.
Gerard se acaba el cortado. "Tú sí que sabes escuchar", me dice justo antes de girarse hacia su oficina. Me vuelvo, le veo alejarse, "Qué remedio, hermano, tú dirás", me quedo pensando.
Dedicado a Inma Salmons. primeros de marzo de 2011.
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