lunes, 25 de febrero de 2013

NICOLE...

No daba crédito. Mientras conducía el jueves pasado, una emisora dejaba caer entre sus noticias de cabecera una bomba informativa: Nicole Kidman admitía públicamente haber sido víctima de una sobreexposición al bótox (toxina botulínica) y no estar nada contenta con los resultados del abuso sobre su aspecto actual. Se quejaba amargamente de que esa mala decisión le había apartado de la primera línea interpretativa de Hollywood y que su falta de expresividad facial le había alejado de papeles importantes. Lo dejaba, añadió -el bótox, creí entender-. Qué soponcio, qué desazón, el volantazo que propiné de poco me lleva a la cuneta. ¡No me digas Nicole! ¡Pues no nos olíamos la tostada, rica!, me dije en voz alta. 

Falso, falso de toda falsedad. Sí nos la olíamos Nicole, sí, ya lo creo que sí. De hecho, mirando una de tus últimas fotos no podía estar seguro si te contemplaba a tí, o si miraba una reproducción tuya del Museo Madame Tussaud. Qué barbaridad. Cómo se te fue la mano, monada. ¿Es que nadie te pudo decir que por momentos te estabas transformando en estatua de cera? Malos amigos... Mujer, no era cuestión de pedir que conservaras el mismo terso y nacarado cutis de "Un horizonte muy lejano" (1992) -retransmitida ayer en TV española, ¿casualidad?-, cuando todavía eras una belleza de rompe y rasga...Pero una cosa es un retoque aquí, un detallito allá, y otra muy distinta es no salir de la consulta nada más que para ir a trabajar. No puede ser de ese modo, todo tiene un punto medio, que es donde reside la virtud. El caso es que Nicole consiguió atraer parte de la antención de Hollywood a pocos días de la gran gala de los Oscar -con permiso de Anne Hathaway y su despampanante vestido de Prada-, y hacer una confesión que casi supera la del tramposo y arrogante Armstrong -del que en algún momento, cuando acabemos de saber realmente todo lo que se tomaba, hablaremos-. No está mal, Nicole, no está nada mal como novedoso modo de hacerse marketing. Demostró nuevamente ser una chica lista y valiente, aunque de ser lista ya dio pruebas suficientes al deshacerse de Tom Cruise, el más plasta e inexpresivo de los actores de Hollywood, con diferencia.

 Pero aparte de todo ello, lo cierto es que la estética se está colocando, incluso en tiempos de crisis, como una necesidad básica no ya de actores ni de gentes que viven de su imagen, sino de todo bicho viviente en sociedades avanzadas. Se ha publicado recientemente que el 74 % de las mujeres españolas utilizan habitualmente uno u otro método de medicina estética para mejorar su imagen, y que la cifra va en aumento mes a mes. Los varones parecen que comienzan a mirar la medicina estética como una opción válida para continuar conservando una imagen juvenil más allá de la práctica del deporte. El abultado número de candidatos sobradamente preparados para cualquier tipo de  empleo en un atestado mercado de trabajo, la imposición cánones estéticos cada vez más exigentes y la nueva cultura del hedonismo y el carpe diem, provocan en las sociedades modernas una nueva preocupación cotidiana: estar guapos y visibles cuantos más años, mejor. Sin embargo, aunque nunca vaya mal lucir buen aspecto, yo personalmente me lo tomaría con calma.

Nicole, de todos modos, la próxima vez que debas pasar por el taller de chapa y pintura, mándame un wassap que te presentaré a mi amiga la Doctora Marta Grau, a quien dedico este blog, una gran profesional y gran experta en la materia. Mejor ponerse en buenas manos. Feliz semana, my friends.

lunes, 18 de febrero de 2013

SANIDAD PUBLICA

Cuando abrí este blog, ya lo he dicho alguna vez, me prometí hablar de política lo menos posible. Pretendía hablar de otras muchas cosas que me apasionan, algunas de ellas hasta interesantes. Lo que jamás me imaginé es que faltaría a mi palabra tantas veces y tan seguidamente. Qué se le va a hacer, escogí mal día para dejar de respirar pegamento -Lloyd Bridges, dixit-. Me esforzaré, lo prometo, en hablar de otras cosas en próximas entregas, pero debéis de reconocerme lo difícil que está abrir los ojos, no te digo ya salir a la calle o ver la televisión para no girar la vista y jurar en arameo... Ya no le pido a la clase política una capacidad extraordinaria de gestión, ni siquiera visión de futuro, ni que hablen fluidamente inglés o que muestren una mínima capacidad de liderazgo... Cada vez soy más modesto con esos objetivos y ya sólo les demando educación, que se comporten como adultos, y como dirían los juristas, que procuren actuar con el criterio de un "buen padre de familia". Igual también es demasiado, ya no sé...

El caso es que ayer fui de mani, a la de anteayer -la de las hipotecas- no pude ir. Pero no pasa nada, ahora tienes cada día un par o tres de manis, puedes elegir agusto la que más te ponga. La de ayer era la de los trabajadores de la sanidad, que supongo que sabréis que están en contra de los recortes de sus derechos, de la privatización del servicio y en contra de los recortes en la prestación pública en general. Poca broma con todo esto. A veces tengo la impresión de que no estamos bien advertidos de lo que nos jugamos con los recortes en sanidad, que en su actual formulación, universal y gratuita, supone la última frontera para no abandonarnos a la más absoluta desigualdad social. Sólo basta repasar la política americana de los últimos veinte años y ver la enorme resistencia que los grupos privados han mostrado para que la cosa cambiase en la dirección en la que nosostros nos hallamos hoy en día. Ni siquiera un presidente americano con todo el poder de veto del que viene investido, es capaz de doblegar a ese formidable  y monstruoso lobby.  Una sanidad privada como la que se postula, es falso, ni es más barata ni es más eficaz, es simplemente más beneficiosa -cuantiosamente más beneficiosa- para aquellos que buscan réditos fáciles a costa de la salud de la gente. Todo sistema para su eficiente continuidad y adaptación a los cambios sociales, políticos y económicos sin duda requiere reformas, puestas al día hechas convenientemente, cómo no, pero que no nos engañen, para este modelo de sanidad no existe otra alternativa ni más eficaz ni más justa e igualitaria. Si quieren dinero, que se busquen un pozo de petróleo y que se ahoguen en dólares, pero que no toquen nuestra salud, ni de las generaciones venideras. Quizás haya llegado la hora en que se deba buscar una nueva orientación para la planificación de las políticas públicas, y montarlas todas desde la intangibilidad de la sanidad y la educación, pilares básicos de nuestra salud y nuestro conocimiento.

La de ayer fue una manifestación en BCN  muy tranquila, no diría que festiva, pero muy tranquila; y esto a pesar de la severa indignación que arrastran con todo motivo los profesionales de la sanidad, sin duda buena gente. Yo eché en falta en la calle a público de otros sectores, a ciudadanos en general, porque todos somos afectados en este envite. No es cuestión de mover a las masas a la revolución, pero sí como me decía una de las trabajadoras, a defender con determinación aquello que por derecho nos corresponde.


De vuelta a casa, con Mari C, al salir del metro una señora de unos cincuenta largos me pregunta por el emplazamiento de una iglesia en la confluencia de dos calles. Se me dirige correctamente en un castellano nativo y vestida con toda pulcritud. Va acompañada de otras señoras de edad similar y aspecto muy parecido, también españolas. Muchas gracias, caballero. Las veo alejarse a las tres hacia la iglesia, cariacontecidas, esperanzadas, arrastrando en pleno domingo el carrito de la compra.


lunes, 4 de febrero de 2013

CONTRASTES

     Con mi amigo y compañero Jose, que se dedica a temas fiscales, hemos estado estos días comentando un caso que comienza a ser más que frecuente. J.M.S., metalistero de 46 años, que por causas de la coyuntura su negocio deviene en ruina, entra en depresión personal y profesional. Como ni si quiera puede pagar gestor y notaría, deja la sociedad sin disolver y liquidar a nivel registral. Se trata de un negocio pequeño, como la mayor parte de los que han ido empujando este país estas útimas décadas, pero, sin crédito ni clientes, la cosa se tornó inviable y tuvo que cerrar. Pasan unos años y su situación personal y profesional sigue siendo precaria. Nadie se ocupa de su destino, excepto un amigo siempre fiel: hacienda. Le reclaman la relación de declaraciones societarias de los años en que su negocio ya no existía y le abren procedimiento sancionador por no presentar las declaraciones que ya no podía presentar, y todo seguirá en ese camino de deuda incremental hasta que no presente la disolución y liquidación de la sociedad en el registro mercantil. Cuando las cosas le iban razonablemente bien, tiempos en los que creaba riqueza y empleo, algo que no abunda en este país -alguien se tendrá que dar cuenta algún día que si no fomentamos el espíritu emprendedor de la gente joven esto no va a ninguna parte, porque sencillamente sin empresas no pueden ser todos funcionarios y trabajadores por cuenta ajena-, era un sospechoso al que había que inspeccionar regularmente, como si su exigua nómina diera para verle en los primeros sitios del ránking de billonarios de la Revista Forbes. Ahora que los negocios le van mal, le siguen persiguiendo para ver qué acaban de encontrar en sus famélicos bolsillos. Se mira las cartas de requerimiento de Hacienda que con puntualidad aterrizan en su buzón, y piensa que antes de pagar aquello tiene que hacer frente al alquiler de su casa, donde vive con su angustiada familia. Está pensando seriamente en acudir a Cáritas para acabar de completar su bolsa de la compra semanal. Las dicusiones diarias con su mujer amenazan hacer saltar por los aires un matrimonio en pleno infortunio.

                     El sábado al mediodía, un señor con la voz temblorosa, rodeado de amigos asustados en torno a una mesa de reunión, se pone a hablar ante un micrófono y una cámara. Lo que debiera ser una rueda de prensa se convierte en un patético espectáculo de comedia. Él no está ante los periodistas, no tiene la menor intención de contestar a los molestos reporteros. Se ha colocado en una sala, con sus amigos y compañeros a puerta cerrada, y los periodistas contemplan su intervención en otra sala contigua, aislados, para evitar que tengan la menor tentación de requerirle por nada. El es de condición asustadizo, ha protagonizado alguna escabullida por la puerta de atrás del Congreso, siendo ya presidente de un gobierno bajo sospecha. Debieron creer que eran intocables, que nadie se atrevería a sospechar de ellos. Eso explica porque se comportaron con tanta arrogancia, un puntito de chulería y extrema beligerancia con casos ajenos que se basaban en documentos falsos -según reconoció la Policía, en el caso de Mas-. En esos casos azuzaron todos los fantasmas del odio, todas las amenazas del código penal, torpedearon la limpieza de unas elecciones y dieron credibilidad a una maniobra sucia, digna del peor y más ruín de los espías. Ahora piden la presunción de inocencia para ellos, la misma que negaron a otros -especialmente el Sr. Montero, ahora escondido de los micrófonos- y la misma que pidieron para Camps, Matas, Fabra, el Bigotes, Bárcenas, etc. Todos nombres ilustres del partido, que luego pasaron a ser particulares -"ese señor ya no es del partido".- Se tendrán que esforzar mucho más en esta ocasión, los apuntes contables reflejan operaciones, algunas ya confirmadas, y que quieran presentar auditorías para demostrar la inexistencia de sobres de dinero negro, francamente, suena a chiste de Gila. Pero eso no me alegra. Veremos qué hace Hacienda, Sr. Montoro.