Hace años decidieron mudarse a un lugar del extrarradio donde poder ver cómo las estaciones pasan. Se trata de un piso amplio, con grandes ventanales que miran a una arboleda de chopos que tapan una leve riera. Sus vidas son harto cómodas, el trabajo les sobra, preparación profesional también. El tesón y la falta de responsabilidades ajenas les permite y les empuja a hacer prolongadas jornadas laborales hasta bien entrado el anochecer. No se esperan, el primero que llega cena cualquier cosa y enciende la tele. Todo en ese hogar es calma y equilibrio, si acaso una pizca de frío y demasiado orden. Porcelana de Sevres y de Stardfoshire. Whisky de malta. Llega ella, por fin. Mientras él sigue mirando la tele, ella se coloca un pijama de CK, de esta misma temporada, por supuesto. Cruzan apenas dos conversaciones detrás de su yogur de avena. El cansancio les hunde en un profundo sueño que colman sobre una almohada repleta de plumas de ganso.
Su situación les permite dos grandes viajes al año, y una escapada de finde semana largo cada trimestre. Los otros tampoco los invierten mal: restaurantes con estrellas, veladas de ópera,... Las fotos de su salón son la envidia de los pocos amigos que por allí paran: esquiando en Aspen, siguiendo una carrera de trineos en Alaska, remando por un afluente del río Negro, una sesión de buceo en la Gran Barrera de Coral,... Ellos son felices, o así lo suponen, disponen de una vida ordenada.
Las estaciones pasan y no quedan más peldaños que subir en lo profesional. La edad les cierra mayores oportunidades y otros más jóvenes que, con una misma vida ordenada, empujan desde abajo, a no mucho tiempo pasar se plantarán en su despacho con una caja de cartón y sus enseres, invitándoles a salir por la puerta porque el de arriba así lo ha ordenado. O acaso sea la administración de la central la que, sin levantar el teléfono, decida recortar el cuadro de mandos intermedios y deje sin final feliz y menos sentido una brillante trayectoria profesional. "Con las empresas no existen matrimonios de por vida", les dirá un resabiado abogado del centro.
Mucho antes de todo eso, un fin de semana, acercándose la Navidad, paran por un centro comercial. Han abierto una tienda nueva de una cadena de prestigio, buscan un reloj suizo que a él le apetece lucir en la cena de empresa y que sólo allí pueden vender. En una tienda de juguetes que están prestos a atravesar, una cola de padres sufridos se aprestan para conseguir los juguetes deseados. La multitud se cruza en su camino y profiere un comentario soez, a modo de desprecio intolerante, no entiende a qué tanto barullo para cuatro trastos que muy poco pueden durar, malditos mocosos. Da unos pasos y repara que ella no le sigue. Ella se ha quedado parada, mirando muy atenta la cola de los juguetes. Transcurren ocho, quizá diez segundos, él la llama y por fin se gira. No está seguro, pero desde su posición él hubiera jurado ver una cara compungida. Qué va, sólo era un espejismo, se convence. Sigamos, cariño. Al entrar en la joyería de prestigio, él no se dará cuenta, y ella tampoco se lo dirá, pero la mujer de brillante trayectoria se girará por última vez para contemplar la bendita cola de los juguetes. No lo puede evitar, su cara le devuelve el gesto compungido.



