martes, 29 de noviembre de 2011

DOS "DINKS"*

*Double Income No Kids

             Hace años decidieron mudarse a un lugar del extrarradio donde poder ver cómo las estaciones pasan.  Se trata de un piso amplio, con grandes ventanales que miran a una arboleda de chopos que tapan una leve riera. Sus vidas son harto cómodas, el trabajo les sobra, preparación profesional también. El tesón y la falta de responsabilidades ajenas les permite y les empuja a hacer prolongadas jornadas laborales hasta bien entrado el anochecer. No se esperan, el primero que llega cena cualquier cosa y enciende la tele. Todo en ese hogar es calma y equilibrio, si acaso una pizca de frío y demasiado orden. Porcelana de  Sevres  y de Stardfoshire. Whisky de malta. Llega ella, por fin. Mientras él sigue mirando la tele, ella se coloca un pijama de CK, de esta misma temporada, por supuesto. Cruzan apenas dos conversaciones detrás de su yogur de avena. El cansancio les hunde en un profundo sueño que colman sobre una almohada repleta de plumas de ganso.

           Su situación les permite dos grandes viajes al año, y una escapada de finde semana largo cada trimestre. Los otros tampoco los invierten mal: restaurantes con estrellas, veladas de ópera,... Las fotos de su salón son la envidia de los pocos amigos que por allí paran: esquiando en Aspen, siguiendo una carrera de trineos en Alaska, remando por un afluente del río Negro, una sesión de buceo en la Gran Barrera de Coral,... Ellos son felices, o así lo suponen, disponen de una vida ordenada.

            Las estaciones pasan y no quedan más peldaños que subir en lo profesional. La edad les cierra mayores oportunidades y otros más jóvenes que, con una misma vida ordenada, empujan desde abajo, a no  mucho tiempo pasar se plantarán en su despacho con una caja de cartón y sus enseres, invitándoles a salir por la puerta porque el de arriba así lo ha ordenado. O acaso sea la administración de la central la que, sin levantar el teléfono,  decida recortar el cuadro de mandos intermedios y deje sin final feliz y menos sentido una brillante trayectoria profesional. "Con las empresas no existen matrimonios de por vida", les dirá un resabiado abogado del centro.

              Mucho antes de todo eso, un fin de semana, acercándose la Navidad, paran por un centro comercial. Han abierto una tienda nueva de una cadena de prestigio, buscan un reloj suizo que a él le apetece lucir en la  cena de empresa y que sólo allí pueden vender. En una tienda de juguetes que están prestos a atravesar, una cola de padres sufridos se aprestan para conseguir los juguetes deseados. La multitud se cruza en su camino y profiere un comentario soez, a modo de desprecio intolerante, no entiende a qué tanto barullo para cuatro trastos que muy poco pueden durar, malditos mocosos. Da unos pasos y repara que ella no le sigue. Ella se ha quedado parada, mirando  muy atenta la cola de los juguetes. Transcurren ocho, quizá diez segundos, él la llama y por fin se gira. No está seguro, pero desde su posición él hubiera jurado ver una cara compungida. Qué va, sólo era un espejismo, se convence. Sigamos, cariño. Al entrar en la joyería de prestigio, él no se dará cuenta, y ella tampoco se lo dirá, pero la mujer de brillante trayectoria se girará por última vez para contemplar la bendita cola de los juguetes. No lo puede evitar, su cara le devuelve el gesto compungido.



viernes, 18 de noviembre de 2011

¡BUNGA, BUNGA!

No, seguro que lo sabéis. No se trata del sonido gutural emitido por un "pigmeo/ bosquimano" perdido entre los remotos y tupidos meandros del río Zambeze cuando el hambre azota inmisericorde su estómago vacío, ni de las palabras mágicas que invoca el chamán de los guerreros zulúes para atraer al Dios de las lluvias, ni del pavoroso grito de guerra que los bravos jugadores de rugby maoríes profieren para intimidar a sus adversarios poco antes de comenzar un encuentro de la máxima. Qué va, nada de eso. En efecto, es sólo el término lírico que usa "Il Cavaliere", Silvio B., para referirse a su afición preferida (y la de muchos más, para qué engañarnos) ni que sea en una rueda de prensa, junto a cualquier primer ministro, jeque o clérigo de alto nivel, qué mas da, y ante ochocientas cámaras que con sus respectivos mircros le grabaran. Como suele decirse, y afortunado él, le da lo mismo ocho que ochenta.

Pero todas las fiestas se acaban, todas sin excepción. Y aunque la suya podría batir cualquier record de resistencia, su fin venía marcado desde un inicio. Con la dimisión  del potentado de Mediaset se acaba -por el momento- una extravagante forma de hacer política basada en la huida hacia delante, la acomodación de los procesos legislativos a las necesidades personales y empresariales, y el desprecio absoluto del "príncipe" por las instituciones del estado. Y lo llamativo del asunto es que no se va porque ningún juez haya podido ni tan siquiera resquebrajar su bien cimentado muro de decretos "ad-hoc" que le protegían ante cualquier contigencia judicial, si no como bien ya se ha dejado claro en todas partes, porque desde fuera, y al margen de procesos representativos, su perfil dejaba de ser el idóneo ante los nuevos y complicados retos de la economía italiana. Y es que esta crisis, absolutamente sistémica, se lleva y se llevará por delante a todos  aquellos gobiernos, sean del color que sean, que se vean incapaces o rehúyan afrontar sus debilidades estructurales.

El " bueno" de Silvio era aceptado por los italianos de a pie porque ofrecía un apreciable perfil de "self-made man", de empresario existoso que si cogía el timón de la nave no parecía que fuera a llenarse los bolsillos del tesoro que había en las bodegas, porque de hecho, sus bolsillos ya venían repletos de doblones de oro. Era un tipo que podía imprimir pragmatismo a una desvencijada y lenta administración que no resolvía casi ningún tipo de problema social. La inquietante esclerosis de los partidos a su alrededor y la falta de propuestas creíbles, así como una sociedad  debilitada por su  eterna lucha contra el crimen organizado, le acabaron de allanar el camino en su ascenso. Sus fiestas memorables, la envidia de cualquier César ..., sus líos matrimoniales..., sus comentarios machistas..., sus salidas de tono a micro abierto..., sus trucos sucios para esquivar el juzgado..., todo se le perdonaba con la esperanza de que la nave transalpina nuevamente retomara velocidad de crucero y por fin un rumbo fijo. Pero ni así, el tipo divertido -que poca gracia hacía fuera de sus fronteras- se enmarañó en sus propias vísceras, en sus pecados inconfesables y, para su desgracia, sus balances no fueron mejores. Pero yo me pregunto, tras la salida del excéntrico y caprichoso gobernante y  con la entrada de un tipo gris nombrado a dedo desde fuera, ¿gana o no, la democracia italiana?

Por nuestra parte, por la cuenta que nos trae, espero que el domingo ganemos todos. O quizá eso sea mucho esperar...

lunes, 7 de noviembre de 2011

LOS DIAMANTES SON PARA SIEMPRE

Durante los largos días en que el premier griego se echó al monte con un amago de referéndum, en tanto que el tándem Merkozy rugía por su  desagradecida indisciplina, y en EUA arreciaban las protestas, se cumplía una glamourosa efemérides que no podía dejar de rememorar. Y aún a riesgo de pasar por un simple frívolo (que también a veces) en estos tiempos de cólera, me acordaré de los cincuenta años que hace diez días cumplió "Desayuno con diamantes"(Blake Edwards, 1961), y de esas cinco décadas que han pasado ya desde que el límpido y anguloso rostro de la Hepburn emergió victorioso sobre los templos dorados de Hollywood.

Y eso es mucho decir, porque en aquel entonces las colinas de Los Angeles estaban bien pobladas de diosas de belleza rotunda, arquetipos de mujer eternos de los que nadie osaba pensar que pudieran ser destronadas, y menos por una escuálida fémina con aspecto de felino dócil  y frágiles maneras. Excepto acaso Grace Kelly, que entonces ya  disfrutaba del sueño de toda niña, por supuesto, ser princesa de un pequeño reino de hadas, las Ava Gardner, Kim Novak (que se ofreció para protagonizar ese papel), Sophia Loren (que le arrebató el Oscar de aquel año) y Marilyn Monroe (que estuvo a punto de quedarse con el papel de Holy, por deseo de Truman Capote), la irrupción de Audrey a  través de ese papel mágico supuso una elección arriesgada por parte del director, pero a la postre victoriosa e histórica.

Con ella , con Holy y con Audrey, se acabó la dictadura de la mujer del rompe y rasga,  de la loba capitolina, y la tendencia se volcó en un nuevo tipo de chica que, marcando tendencias para siempre, quería ser bella por sí misma y no para gustar al macho-man. Tenía sus propios gustos, era rebelde sin estridencias, cercana pero lejana, coqueta, autónoma, moderna, hedonista y liberada (no tanto como en la novela de T. Capote, en donde Holy era abiertamente bisexual). Holy supo ostentar, por fin, el cetro de su propio universo.

Los vestidos ajustados dieron paso al mundo del oropel que la alta costura traía de la mano del inmortal Givenchy. Entrábamos en el mundo del lujo y de las marcas, en la necesidad de distinguirse por el brillo de lo exclusivo (que luego no lo es tanto), en la era del consumo placentero. Sin embargo, Holy tampoco dejó pasar la oportunidad de mostrarse magnífica en la sencillez, en sus modelos rectos y leves de estar por casa, de colores básicos, casi siempre  en tonos pastel, matices difusos mirando de no tapar la frescura de su sonrisa.

Y no me las daré ahora de ser el primer admirador de Audrey ni mucho menos. Es más, personalmente quizá me inclinaría más por la diosa Ava G., por su belleza dramática, por su mirada de pantera, pero no puedo dejar de admitir que el icono de Holy, aparte de un mito del cine significó también toda una revolución cultural.