jueves, 28 de abril de 2011

GARZÓN: ESE JUEZ.

No hace tanto tiempo (o sí...), cuando los ordenadores comenzaban a duras penas a hacerse un sitio en la vida de empresas y administraciones, en los despachos de abogados, notarios,..., etc., se estilaba -y todavía sigue siendo así en muchos de ellos- forrar las paredes de repertorios de jurisprudencia, los famosos "Aranzadi", que además de dar empaque a la sala y seriedad a las entrevistas, se consultaban para obtener sentencias precedentes del caso que en ese momento se estudiaba. Desde siempre me llamó poderosamente la atención que una de las voces más presentes en esos listados de sentencias, fueran las "escuchas teléfonicas ilegales". Aún hoy, rebasado el umbral tecnológico, cuando visito la base de datos y por curiosidad aludo esos términos, aparecen unas cuatrocientas nueve entradas que, a su vez, hablan de otros tantos precedentes más antiguos.

Sin entrar en detalles, las escuchas telefónicas y demás intervenciones de comunicaciones es un método de averiguación y obtención de pruebas a disposición de policía y jueces para más rápido acceder a una información sensible en la investigación y esclarecimiento de un delito. Es un método ciertamente tentador, toda vez que aprovechando el desconocimiento del delincuente se intervienen sus comunicaciones y se le sorprende revelando datos vitales de su actividad criminal. Se trata de un medio de obtención de prueba sometido a severos requisitos legales, lo cual no quita que en muy numerosas ocasiones, este sistema se realice de forma indebida, atentando contra las garántías procesales del acusado y quebrando su derecho a defensa. Por tanto, ante el Tribunal Supremo se han llevado centenares de casos en que jueces, haciendo un uso incorrecto de la ley, ordenaban intervenir de forma ilegal las comunicaciones del delincuente que, debido a ese error, luego causaban la anulación de gran parte o de todo el procedimiento penal.

Pero que yo sepa, ninguno de esos centenares de esas intervenciones de las comunicaciones ordenados por jueces llevó a esos magistrados ante el banquillo para ser juzgados como presuntos delincuentes. Ninguno, perdón, excepto en el caso del juez Garzón. En efecto, el controvertido magistrado finalmente se sentará en el banquillo de los acusados por ordenar intervenir las comunicaciones entre abogado y cliente, en los locutorios de prisión, que, según su criterio, podían revelar la participación delictual de ambos -caso "Gurtel"-. Esa intervención fue solicitada por el Fiscal de la Audiencia Nacional y, a decir verdad, la autorización de Garzón tenía mucho sentido en cuanto que una intervención anterior reveló, desgraciadamente, la participación de los abogados en la trama de corrupción. Cierto es que las comunicaciones entre abogado y cliente son, por así decirlo, sacrosantas, pues en ellas va mucho el derecho a defensa de todo imputado en un procedimiento penal, pero más cierto aún es que la intervención de esas comunicaciones pueden ser autorizadas en circunstancias muy concretas ante la presencia de serios indicios de delitos de carácter especial. Luego , resultó que los segundos abogados no eran los delincuentes que se esperaban.  Garzón es inmediatamente acusado de prevaricación, y se enfrenta a la posibilidad muy probable de apartarle de la carrera judicial. 

A mi modo de ver, como a la mayoría de juristas en toda Europa, encausar a Garzón es toda una desproporcionada barbaridad, mancha seriamente la imagen de nuestro sistema judicial y toda la imagen de un país, que también cuenta en estos duros momentos históricos. Que además, se le encause por instruir una causa como las represiones franquistas de posguerra -tras recibir la inhibición de varios juzgados de instrucción locales, que le remitían la causa por entender que Garzón era el juez competente-  y que se le imponga una tercera bochornosa acusación -vamos a ver que no se vaya a escapar- por cobrar unas conferencias, como si fuera el único y el primero, ha llamado al sonrojo a todo el mundo jurídico, pero a nivel mundial.

Lo cierto es que se venía venir desde hace tiempo. A Garzón le tenían ganas, difamaciones que iban desde vanidoso y ambicioso a juez "estrella", trataban regularmente de erosionar su imagen inmaculada desde el mismo momento que entró a investigar una denuncia por corrupción de políticos de altos vuelos. La política no perdona nada, lo contamina todo. Narcotraficantes colombianos, mejicanos y gallegos, traficantes de armas turcos y rusos, dictadores sanguinarios del cono sur, terroristas islámicos -entre estos últimos están también los que intentaron volar una estación de metro de la linea uno de Barcelona, que cojo cada día varias veces- y etarras, piratas somalíes, espías, ministros fuera de ley, mafia siciliana, camorra napolitana, corruptos de todas las especies y asesinos de fino pelaje, toda la delicuencia organizada de todo el mundo sabía que España era territorio hostil, que era un peligroso lugar en el que había un juez que los encontraría para meterles en la carcel de por vida. Porque Garzón no descansaba, se multiplicaba y se desvelaba para que toda una sociedad descansara tranquila. Su eficacia y eficiencia en la persecución de maleantes era asombrosa..., hasta que se metió con ciertos politiquillos molestos por sus insidiosas investigaciones que desvelaban sus trapicheos y por su extemporáneo apego en limpiar los crímenes contra la humanidad, se cometieran donde se cometieran, aquí o en Pernambuco.

Por favor, personalmente yo pido a gritos, de veras quiero más jueces "estrella", dénme más jueces vanidosos, y dejen ya tranquilo al ambicioso Baltasar Garzón. Los honestos dormirán más tranquilos, nuestras calles seguirán más seguras y limpias.

viernes, 8 de abril de 2011

CAMBIOS

La actualidad sigue y no se detiene, los hechos se agolpan a velocidad vértigo, el tiempo se encabrita amontonando sucesos, todo asemeja un alud incontenible de información que amenaza colapsar nuestra capacidad de discernimiento. Hablo con un amigo que no veía hace veinticinco años, me comunico visualmente con un cliente a mil kilómetros de distancia, en pocas horas soy capaz de plantarme a las orillas del mar de China, y yo no, pero sé de quien ha logrado conocer al amor de su vida a través de un monitor; seguramente, ahora mismo no, pero en un cuarto de hora estaré repasando documentos secretos, ya al alcance de cualquiera, que revelan profunda corrupción en el seno de un gobierno árabe. Cambio, crisis, información.

Ayer lo hablaba en una cena con amigos, de no ser porque se está cobrando muchas víctimas, la que vivimos no deja de ser una época apasionante para un espíritu inquieto. La velocidad de los acontecimientos no nos permite tomar respiro y distancia para analizar de forma conveniente lo que sucede a nuestro alrededor, pero no os quepa la menor duda de que volvemos a estar ante una encrucijada histórica de la que se hablará durante muchas generaciones.

Afortunadamente, la Sociología y la Ciencia Política (y las Relaciones Internacionales), ciencias relativamente nuevas, nos han dado herramientas para mejor comprender los profundos cambios que han acontecido en estas últimas décadas. Se trata de terrenos del conocimiento que son capaces de explicar los orígenes y consecuencias de cada paso en la evolución de nuestra sociedad, casi sin tener que acudir al "báculo" del tiempo.

Me permitiré recomendar con vuestro permiso tres autores de estas disciplinas que seguramente muchos conoceréis y que son fudamentales para mejor afrontar estos análisis:

Daniel Bell, que falleció a principios de este año, ya en los sesenta y setenta dejó páginas tan preclaras como "el Fin de las Ideologías", "el advenimiento de la sociedad posindustrial", o "las contradicciones culturales del capitalismo". El viejo profesor de Harvard fue capaz de atisbar a muchos años vista -enfoques ideológicos aparte- el declive de las ideologías, el debilitamiento de los estados-nación ("el estado se ha hecho demasiado grande para las pequeñas cosas de la vida y demasiado pequeño para las grandes cosas") y el caos del orden mundial ("the Future of World Disorder").

Marcel Merle, autor de la "Sociología de las Relaciones Internacionales", disecciona los actores de la sociedad internacional en la actualidad y trata de explicar las causas que generan sus comportamientos. Según él,  la sociedad internacional se caracteriza por la complejidad y la diversidad (no sólo los estados actúan en ese entorno, también lo hacen ong's, multinacionales, grupos de presión diversos, delincuencia internacional,...), por la heterogeneidad (cultural, sobre todo), la interdependencia , la anarquía -ausencia de autoridad central- y, a su vez, la persecución constante del orden -a través de la ONU-.

Por último, es indispensable la trilogía del que fuera profesor de Berkeley, Manuel Castells -asesor de muchos gobiernos y organismos internacionales- "la Era de la de la Información". Sus libros, además de manuales de estudio, son de una lectura realmente apasionante y, sobre todo, reveladora, de lo que ha supuesto y va a suponer la revolución tecnológica, especialmente internet, en nuestras vidas.

Ahora cerraré mi ordenador, no sin antes compartir esta reflexión semanal con vosotros a través de la red. Mi celular, sentado ya en el coche y sin soltar el volante, me pondrá en contacto con un familiar a una hora en avión. Yo también te quiero. Luego le diré a mi coche que me guíe hasta cierto despacho de economistas en una calle que no me suena de nada. Antes de recoger a mi hija, y sin salir del coche, desde mi móvil pediré la compra semanal que alguien descargará en mi casa esta tarde, confirmando el envío a través de su mini-portátil. Al llegar a casa, me sentaré y contemplaré durante un rato sus caderas danzando, me meteré en el portatil y mi tarjeta, nerviosita, concederá crédito para comprar tres entradas y verla en directo.

Waka, waka!


Que paséis una buena semana. Besos.

viernes, 1 de abril de 2011

TIEMPO

Aunque el tema de la crisis da mucho juego y esta semana ha venido especialmente movidita al respecto (Zapatero se las entiende con Botín y Rajoy se pone celoso, Portugal no se entiende con Bruselas, Mas organiza una mesa -que no cama- redonda en la que todos se entienden con todos menos con los socialistas catalanes -ahora disfrazados, ja,ja, de auditores rigurosos-,...), no caeré en la tentación de ceder a mis pasiones desbordadas de seguir dando leña y hacerme pesado, y descansaremos de todo esto por unos días.

Hoy he comido con Pili y Mari en el club de tenis. Como hoy es jueves y esto es Barcelona, por aquí se estila comer paella (antiguamente, ya sabéis, las "minyones" plegaban los jueves y le dejaban el sofrito hecho a la señora, que sólo tenía que echar el arroz en la paella y comer). En la mesa -redonda- de al lado un grupo de seniors -como se dice ahora- celebran una animada comida repleta de bromas y brindis. "Todos estos hace tiempo que se jubilaron ya", me dice Mari. Acuerdo con su observación. Efectivamente, les delata, mucho más que el aspecto, pues todos visten muy juveniles, el desparpajo propio del que se siente estar de vuelta de todo y, lo siento de veras, porque por ahí pasaremos todos, las huellas de la edad en el rostro. Todo eso les importa un pimiento, sonríen y se lo pasan pipa. Son plenamente conscientes de que los veranos que como éste que se acerca no abundarán ya en su futuro, pero se conjuran para pasar intensamente cada uno de ellos como si fuera el último.

Uno de ellos se ríe del asma que padece otro, éste contrataca con las famosas lumbares del primero, las chicas no les van a la zaga y embisten con sus reumas,... Los males les sirven de pretexto para cachondearse del destino. No puedo evitar sentir algo de cariño solidario con ellos, son de los del grupo que entienden perfectamente de qué hilos está tejida esta desnortada vida, se encuentran a gusto todos juntos, se aprecian de veras y le plantan cara al más despiadado de los señores: el tiempo. En el fondo, también saben que no dejan de ser algo privilegiados, sus reumas y demás dolores no son todavía lo sufcientemente agudos como para impedirles acercarse a cualquier mesa y reír a mandíbula batiente, porque ese es el otro de sus triunfos, llegar medianamente enteros y lúcidos a esa avanzada edad.

A veces pienso, cuando me da tiempo, lo relativo que se tornaría todo si usáramos el tamiz de la perspectiva del tiempo para valorar las cosas. Casi nada tiene tanta importancia como para agriarnos el presente de manera radical. Cuántos conflictos de toda especie no remitirían si tuviéramos en cuenta que todos formamos parte de una época irrepetible, de un tiempo único que nos ha tocado vivir. No compartimos pues sólo espacio, sino también destino. En realidad,  nuestro tiempo limitado es lo que verdaderamente nos une a todos y procurar por nuestra parte que el prójimo goce de ese tiempo compartido debería conducirnos como norma de conducta. Conseguirlo debería aliviar en gran parte nuestra eterna sensación de levedad. ¿Estamos de acuerdo?

Dedicado a Mª Luisa Peña García (Besos).