Eva sale del Hospital cabreada como una mona enjaulada. Por tercera vez le recortan el sueldo, y estando divorciada y con dos niñas, cada vez tiene más dificultades para llegar a fin de mes. Al llegar a casa saluda a Jordi en la portería, sale meditabundo, con sensación de humillación en el paladar; ni siquiera le han entregado en mano la carta de despido, le ha llegado por correo electrónico una vez ha llegado de la oficina a casa. Es viernes y el lunes ya no ha de ir a trabajar. Y todo después de veinte años de ejercer como ingeniero técnico sin mirar las horas que pasaba fuera de casa. No cuenta con muchas opciones sobre el horizonte. Al llegar al bar de la esquina pide una caña, es mediodía, y observa como en la terraza charlan unos chavales. Son universitarios. Luís le dice a sus amigos que tiene algo crudo seguir con sus estudios. Entre que le quitan la beca y suben la matrícula una barbaridad, no sabe si reunirá dinero suficiente para continuar derecho. Peor está Andrés, según él interpela. Tiene una hermana casada con dos criaturas. El juzgado les da un mes para salir de casa por no pagar la hipoteca, y a lo más seguro que deberá volver con su marido y las niñas a vivir a casa de sus padres. Pasarán a residir ocho personas en una casa de setenta metros y en la que entran sólo dos exiguos sueldos entre cuatro adultos.
Andrés se levanta, se despide y se marcha en busca de su novia. Todavía cerca del bar, pasa de costado por una frutería. Luisa está pagando tres manzanas. Se trata de una señora pensionista, con apenas cuatrocientos euros mensuales, que no entiende como todavía deberá pagar unos euros más por unas medicinas de las que no puede sustraerse. No hay mucho presupuesto para sanidad, escucha en la radio, o algo así. A Luisa le atiende Trini, que desde año y medio espera una pensión que le prometieron para cuidar a una hermana impedida por autismo y que requiere atención casi completa. Paga una barbaridad para que la cuiden mientras está trabajando en la frutería. Removiendo algunos plátanos, un poco más allá, se halla Javier. De salida del laboratorio le han dicho que en unos meses se acaba el programa de investigación por falta de recursos. Estaba en un programa de estudios científicos sobre el cáncer, parece ser. Tampoco hay presupuesto público para continuar con la investigación.
Javier lleva un periódico en la otra mano. Allí dice en primera página que Bankia, la entidad que surge de fusionar Caja Madrid y Bancaja, controlada por el gobierno de Esperanza Aguirre, recibirá entre quince y veinte mil millones de euros que procederán del bolsillo de todos los españoles. Es muy probable que la entidad sea nacionalizada. Javier no es economista, pero eso de que se requiere salvar el banco porque su caída puede afectar al conjunto del sistema financiero le suena a cuento chino. No me extraña, a mí también me sucede. La gente sigue padeciendo recortes brutales y de golpe aparecen quince mil millones que taparán las nefastas consecuencias de los desmanes y proyectos faraónicos de la Señora Aguirre - y del Señor Camps, "te quiero un huevo"-, la misma señora Presidenta que con su arrogancia de costumbre va dando lecciones de gestión y de rigurosidad a todo bicho viviente. Ya, ahora dice que la culpa no es de Rato, ni de ella, ni de los consejeros que ella ha colocado a dedo estos últimos años, la culpa es del Banco de España. Como ya no está Zapatero..., claro. Pues no, amigos, de eso, nada. El riesgo para el sistema financiero y para nuestro sistema político y social en general, no es precisamente la caída de Bankia. El verdadero y más grave de los riesgos sigue residiendo donde tenía por costumbre, en la inmadurez de una buena parte de la clase política, de casi todos los partidos y de su inveterada afición a echar mano de un dinero que no es suyo con tal de llevar adelante proyectos inútiles, pero que a lo mejor les llevan a los altares de la historia... o eso se creen ellos.
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