viernes, 11 de mayo de 2012

LA CULPA FUE DEL CHÁ-CHÁ-CHÁ...

Eva sale del Hospital cabreada como una mona enjaulada. Por tercera vez le recortan el sueldo, y estando divorciada y con dos niñas, cada vez tiene más dificultades para llegar a fin de mes. Al llegar a casa saluda a Jordi en la portería, sale meditabundo, con sensación de humillación en el paladar; ni siquiera le han entregado en mano la carta de despido, le ha llegado por correo electrónico una vez ha llegado de la oficina a casa. Es viernes y el lunes ya no ha de ir a trabajar. Y todo después de veinte años de ejercer como ingeniero técnico sin mirar las horas que pasaba fuera de casa. No cuenta con muchas opciones sobre el horizonte. Al llegar al bar de la esquina pide una caña, es mediodía, y observa como en la terraza charlan unos chavales. Son universitarios. Luís le dice a sus amigos que tiene algo crudo seguir con sus estudios. Entre que le quitan la beca y suben la matrícula una barbaridad, no sabe si reunirá dinero suficiente para continuar derecho. Peor está Andrés, según él interpela. Tiene una hermana casada con dos criaturas. El juzgado les da un mes para salir de casa por no pagar la hipoteca, y a lo más seguro que deberá volver con su marido y las niñas a vivir a casa de sus padres. Pasarán a residir ocho personas en una casa de setenta metros y en la que entran sólo dos exiguos sueldos entre cuatro adultos.

Andrés se levanta, se despide y se marcha en busca de su novia. Todavía cerca del bar, pasa de costado por una frutería. Luisa está pagando tres manzanas. Se trata de una señora pensionista, con apenas cuatrocientos euros mensuales, que no entiende como todavía deberá pagar unos euros más por unas medicinas de las que no puede sustraerse. No hay mucho presupuesto para sanidad, escucha en la radio, o algo así. A Luisa le atiende Trini, que desde año y medio espera una pensión que le prometieron para cuidar a una hermana impedida por autismo y que requiere atención casi completa. Paga una barbaridad para que la cuiden mientras está trabajando en la frutería. Removiendo algunos plátanos, un poco más allá, se halla Javier. De salida del laboratorio le han dicho que en unos meses se acaba el programa de investigación por falta de recursos. Estaba en un programa de estudios científicos sobre el cáncer, parece ser. Tampoco hay presupuesto público para continuar con la investigación. 


Javier lleva un periódico en la otra mano. Allí dice en primera página que Bankia, la entidad que surge de  fusionar Caja Madrid y Bancaja, controlada por el gobierno de Esperanza Aguirre, recibirá entre quince y veinte mil millones de euros que procederán del bolsillo de todos los españoles. Es muy probable que la entidad sea nacionalizada. Javier no es economista, pero eso de que se requiere salvar el banco porque su caída puede afectar al conjunto del sistema financiero le suena a cuento chino. No me extraña, a mí también me sucede. La gente sigue padeciendo recortes brutales y de golpe aparecen quince mil millones que taparán las nefastas consecuencias de los desmanes y proyectos faraónicos de la Señora Aguirre - y del Señor Camps, "te quiero un huevo"-, la misma señora Presidenta que con su arrogancia de costumbre va dando lecciones de gestión y de rigurosidad a todo bicho viviente. Ya, ahora dice que la culpa no es de Rato, ni de ella, ni de los consejeros que ella ha colocado a dedo estos últimos años, la culpa es del Banco de España. Como ya no está Zapatero..., claro. Pues no, amigos, de eso, nada. El riesgo para el sistema financiero y para nuestro sistema político y social en general, no es precisamente la caída de Bankia. El verdadero y más grave de los riesgos sigue residiendo donde tenía por costumbre, en la inmadurez de una buena parte de la clase política, de casi todos los partidos y de su inveterada afición  a echar mano de un dinero que no es suyo con tal de llevar adelante proyectos inútiles, pero que a lo mejor les llevan a los altares de la historia... o eso se creen ellos.

miércoles, 2 de mayo de 2012

DE LABORES HUMANITARIAS

Será que todos estamos más sensibles ante las bobadas y los derroches, será que este contexto tan desesperanzador nos pone la piel más fina y no toleramos si quiera lo tolerable en otras épocas, pero estamos que no damos para más con la de denuncias que se llevan adelante por cualquier cosa más o menos justificada. Es cierto, cosas y casos que en otras ocasiones nos mueven como mucho a una sonrisa displicente, a una sola mirada de indiferencia, ahora nos hieren hasta en el mismísimo tuétano simplemente por infumables.

Y no es caer en la demagogia por cualquier causa, pero yo también quiero cabrearme un rato y liarla hoy con alguien o con algo. El asunto es que los ratos de espera en el dentista son especialmente tensos, más si entre las salas de atención se escapa un alarido poco contenido de dolor, porque eso te mueve directamente al pánico. Y como lo del smart-phone comienza a ser ya un vicio del que me voy separando sin mucha dificultad, no se me ocurre mejor cosa que ojear las revistas del corazón hasta que me atiendan -entre nosotros, no huyo por vergüenza torera, cómo le explico a mi hija que salgo corriendo de un dentista-. Confieso que cada vez que se me ocurre coger un semanario de estos, más vuelcos me da el estómago. Fulanito, dice él, es un arquitecto de mucho éxito, pero lo que yo veo ahí es que tiene que recurrir a las revistas para mostrar su casa -la verdad, eso sí, pedazo casa-y a la extra-monada de su mujer, cual si fuera un jarrón de Sevres, para darse a conocer ambos fuera de su exclusivo círculo social en una exclusiva urbanización. Luego, haciendo memoria, es cierto, recuerdo haber visto al sujeto de vestimenta algo barroca-que fácil es pasarse de elegancia y aterrizar en lo cursi- en un programa de reportajes facilones, de reporteros facilones, para ratos de no pensar, mostrando esa misma pedazo casa y su estupenda señora esposa -con todos mis respetos, ejem - sin vergüenza ni reparos de ningún tipo. En un momento de ese meditabundo documental, creo recordar, aparece una empleada de hogar, vestida de uniforme y cofia, disponiéndose a colocar una mesa para no sé cuántos invitados. Adivino que entre esos comensales a punto de llegar, habrá alguno-a que lúcidamente, más que sentir envidia, se descuajeringue de todo ese abrumador despliegue de catetez. Todo junto una horterada monumental, en una casa monumental y con una esposa monumental, todo hortera monumental. Allá ellos y allá esos medios.

Pero el estómago me da otro vuelco, si cabe todavía mayor, cuando una páginas más allá comienzo con los famosos que van de desfile humanitario. Qué barbaridad. Yo entiendo que debe haber ONGs que la utilización de la imagen de esta gente célebre les vaya de perlas para ampliar los horizontes de sus objetivos, recabar más apoyos, etc, etc. Pero francamente, la mayor parte de los casos no hacen otra cosa sino que les cojan manía por la imagen que escogen y por el topicazo insano y cutre que va camino de arruinar la labor de tantas organizaciones de voluntariado al utilizar celebridades mal pensadas. La tipa en cuestión luce palmito quirúrgico nada menos que en una aldea recóndita y,  parece ser, muy pobre de Camboya, y posa descaradamente entre niños con aspecto algo famélico y tristón, sin parar de sonreir a la cámara mientras los niños y aldeanos miran al objetivo con cara de circunstancias. Para quedar más "casual", luce unos jeans italianos, seguramente, con blusa de marca francesa, alta costura, probablemente, y en algunas fotos con sombrero de tonos caqui, imagen toda ella como de paseo adinerado de una diosa sesentera que es una, por la gracia de Dios, nada menos que por mitad de la jungla. Qué aventurera soy, queridas amigas. En el colmo del desvarío, en una foto de primerísmo plano, su rostro se junta cariñosamente con el de una niña de unos cuatro o cinco años. Sin miramientos de ninguna clase, la susodicha muestra un rostro más radiante, más blanco y brillante, y con menos arrugas que el de la niña camboyana. Qué poca clase, señora, qué desvergüenza todo junto.