viernes, 16 de marzo de 2012

CON LAS ATADURAS JUSTAS

             Ha pasado demasiado tiempo. Como siempre. Creo que casi he olvidado sus rasgos extremadamente rugosos y cobrizos, pero no su mirada. Una mirada oscura y brillante a la vez, algo enrojecida, serena, sabia. Mientras le hablaba al viejo hindú, en un atiborrado comercio de Varanasi, primero me miraba con curiosidad, luego con algo de incredulidad, más tarde con compasión, hasta que frunció el ceño como concluyendo que yo le parecía un tipo extraño, igual de extraño que todos los de mi clase, y acaso todos los de mi mundo; por fortuna, lejano y extraño mundo, debió pensar.

              Frente a un té le relataba nuestra forma de vida. Estudiábamos de jóvenes, y más tarde trabajábamos. Pedíamos dinero al banco para pagar una vivienda, el préstamo lo devolvíamos durante gran parte del resto de nuestra vida, y bastante más de lo que nos dejaron. La mayor parte de nuestra gente, yo le comentaba, tiene que pagar cada mes letras por el coche, por los frigoríficos y los aparatos, por el teléfono,la luz,... hasta por juguetes de los niños... Es una lucha constante para salir adelante, día a día, año tras año. No entendía nada aquel hombre, mi viejo amigo hindú. Tanto esfuerzo durante tanto tiempo, ellos, que procuran planear como mucho lo que harán dentro de media hora... Tampoco entendía porque acumulábamos cosas, compramos ropa cada dos por tres, por qué nos pasamos la vida de aqui para allá... De vez en cuando miraba a su amigo, tan cobrizo y sonriente como él, en plena sintonía con sus pensamientos y en general en plena comunión con el pausado ritmo y la adormilante atmósfera vital de aquella latitud. Los amigos intercambiaban un momento de silencio, parecían decirse ¡qué sonados andan por occidente! Lo dejé estar, mientras más hablaba en mi atropellada verborrea yo mismo me iba convenciendo lo superfluas que resultan la mayor parte de cosas que nos rodean por aquí. No hicieron falta más conclusiones en aquella conversación. Vistas las circunstancias, concluí que lo mejor era unirme a su silencio reflexivo. ¿Más té? me acabó diciendo.
           
De aquella antigua correría por la India volví pensando de forma muy diferente, aprendí a relativizarlo todo, a valorar más el aquí y el ahora. Y aunque a menudo olvido todo lo que aquella buena gente me enseñó -difícil es abstrerse del torbellino consumista-, sobre todo esa innata capacidad de ser felices sin necesidad de acumular nada, procuro de vez en cuando volver sobre esos recuerdos. Admito que a medida que pasa el tiempo, menos me cuesta entender esa sencilla y eficaz forma de ver las cosas, más ganas siento de no acumular nada, de soltar la mochila, mirar adelante y caminar con las ataduras justas.


viernes, 2 de marzo de 2012

QUE DUROS CONTRASTES!

Cuesta escribir de cualquier otra cosa cuando no paras de observar como un sanguinario y sucio dictador, por muchos trajes finos y corbatas que se ponga, castiga de forma impune a una población civil cuyo único delito  cometido es decir en voz alta que está harta de sus fechorías y que quiere elecciones libres. Así son las cosas, desgraciadamente, no solo en Siria, sino en casi la mitad del mundo, un vasto imperio del mal en el que todavía queda mucho por hacer en el terreno de los derechos humanos y de las libertades cívicas. Y cuesta creer como semejantes sátrapas todavía son apoyados por potencias con un dudoso derecho a veto en el Consejo de Naciones Unidas como Rusia y China. Será que también tienen cosas y casos que ocultar. Lo único que me deja tranquilo es saber qué final les espera a la gran mayoría de esos sujetos: el desprecio de la historia y un término letalmente crudo .

Pero así de complejo y cruel es a veces nuestro mundo, hemos de hacer verdaderos esfuerzos por no tornarnos esquizofrénicos y saber recibir con igual flema, en el lapso de un mismo informativo, las últimas bajas de un bombardeo que los premios cinematográficos que llevan mi nombre, sin mi permiso.Y menos mal que lo logramos, que somos capaces de cambiar el estado de ánimo en cuestión de pocos minutos, porque si no sería realmente difícil convivir con la olla de grillos que nos sirven a diario los medios de comunicación.


Pero la blanca y lánguida pierna que tanto se esforzó por mostrar Angie a cada instante de la gala -tampoco sus piernas son para tanto, la verdad-, la mareante redondez colateral de los senos de Irina Sahyk en la fiesta posterior de Vanity Fair o el susurrante momento que concedió J Lo insinuando lo mejor de su amplio escote no nos deben hacer olvidar el infeliz destino que otros tienen sin saber por qué. No diré que esté en contra del oropel tremendo y del derroche de sueños y sonrisas que cada vez más frecuentan estas fechas, del autobombo sin fin que algunos colectivos se regalan a base de concederse premios y más premios, tantos que parecen que algunos han descubierto la penicilina y salvan al mundo de la desesperación. Al contrario, como a la mayoría del personal, supongo, me gusta igualmente consumir momentos frívolos e inconsecuentes. Pero no sé, acaso fuera más sensible y prudente que en la mayoría de medios no se sirviera, casi sin solución de continuidad, un platito de caviar y un vaso de cicuta. Cuestión de respeto, a lo mejor.