La actualidad hace a veces extraños compañeros de viaje, especialmente cuando se trata de viajes póstumos hacia la memoria colectiva. Casi seguidos, el otro día se fueron Bigas Luna -modernidad y sensual provocación- y Sara Montiel - tradición y tierna provocación-. Hoy veo en La Vanguardia, y más tarde en El Periódico, que Margaret Thatcher comparte foto y titulares con sus antípodas, José Luís Sampedro.
En pocos días "La Dama de Hierro" disfrutará por su lado de sonados funerales a toda pompa recorriendo la City de Londres. No es extraño, mientras las clases medias y humildes británicas sufrían sus inclementes golpes de autoritarismo suprimiendo políticas sociales y cercenando el Estado del Bienestar, la City -multinacionales, bancos e inversoras- celebraba entusiasmada sus estrategias económicas de desregulación de mercados y centralismo económico y financiero. En el exterior, su sobrevalorada determinación por decisiones belicosas y resolutivas no dejaba de guarecerse bajo la sombra del poderoso primo americano. Inglaterra la despide muy dividida. Normal, Thatcher nunca buscó el diálogo y siempre provocó división. Alternó aciertos para para unos pocos, con errores para muchos.
Ayer escuché divertido su primera entrevista con Aznar, digna de pasar a los anales del buen hacer diplomático, y a quien espetó sin remilgos: "No puedo hablar de nada con usted, es heredero de Franco". Seguidamente recuerdo su apoyo incondicional a Pinochet, cuando éste se hallaba recluído en su embajada de Londres acusado de genocidio y de crímenes contra la humanidad. A lo dicho, pocos aciertos y muchos errores.
Jose Luís Sampedro se fue a la manera estoica, sin hacer ruido, rodeado de los suyos en su casa, tras un sabroso sorbo de Campari y consciente de la plenitud de su vida. Se fue un sabio, todo conocimiento, serenidad y tolerancia. Una mente abierta que nos llegó de las profundidades de la España del siglo XX, demostrando que no todo fue oscuridad e intransigencia antes de la transición. En una sociedad como la nuestra, lamentablemente atestada de mediocres que solo saben rezar a pies juntillas los argumentos que otros les dictan a viva voz o a través de medios de comunicación adoctrinados, el viejo profesor Sampedro recuperó y ensalzó el espíritu crítico del individuo que se sobrepone a la docilidad de la masa teledirigida por el poder. Economía, política y literatura, un pensador eternamente joven al que siempre volveremos a reclamar en tiempos oscuros.
