A menudo nos quejamos de que el tiempo vuela, miramos hacia atrás sin remedio y pensamos reductivamente que nuestra vida se limita a una acumulación desordenada de recuerdos, datos y nombres. De algunos de esos recuerdos no estamos si quiera seguros de que efectivamente hayan sucedido tal y como los retenemos. Mantenemos la imagen, pero sus perfiles se difuminan hasta casi desaparecer entre la nebulosa de nuestro diario; más que recuerdos, en realidad son sueños. Y nos lamentamos, nos encontramos con una viej@ amig@ y al cabo de una amena conversación se nos escapa, con toda seguridad, el socorrido"me parece que fue ayer". Y es cierto, ese lamento no deja de ser sincero, nos vemos absolutamente impotentes para retener con sus detalles, sobre todo, los mejores momentos vividos, un pasado compartido que por bueno se torna melancólico.
Pero qué le vamos a hacer, luego no lo remediamos, o no somos capaces de remediarlo. Apuramos la copa, nos despedimos, y el amig@ se adentra en la noche hasta más vernos de nuevo. Al día siguiente, después de una amena y pausada charla, todo vuelve al ritmo de siempre, nuestro pulso se vuelve a acelerar, tomamos el ritmo agobiante de nuestra infinita vida profesional -ya no tan infinita, desgraciadamente- y vuelven a pasar los días y las horas sin que nos detengamos un instante a saborear los momentos que recorremos. Somos así, así de autómatas y de miedosos y, que nadie se me ofenda, así de ingenuos. Presionados por los falsos parámetros de una sociedad esclerótica y atormentada, esa misma celeridad vital la traspasmos a nuestros hijos, a los que con la mejor de las intenciones, no me cabe ninguna duda, les atiborramos de actividades extraescolares, de objetivos a medio y largo plazo y les inoculamos el veneno de la competitividad, el rigor y la importancia de la fachada, de la imagen, de las notas, del qué dirán y de otras peores monsergas, que bien pensado, son muy poco educativas. Pocos son los atrevidos que enseñan a sus hijos a ser felices. Quizá quienes no lo hacen, es probable, ignoran el cómo.
A todo eso que, sin anunciarse, llega otra vez el verano. Me parece una buena oportunidad para ensayar nuevos métodos y nuevas formas con nosotros mismos -es sólo una humilde propuesta, vale, un brindis al sol, si así lo prefieres-. Me refiero, a tratar de que el tiempo se detenga en las pequeñas cosas, que abandonemos el móvil y el reloj lo máximo posible. No, no me refiero volver al estado del "buen salvaje" que propugnaba Rosseau, pero si que hago votos porque desde los cambios indviduales vayamos modelando nuevas maneras de enfocar nuestro tiempo y el de los que nos rodean. De moldearlo y deternelo un poco a nuestro gusto, de hacer que las cosas no pasen tan rápido, de que no nos abrumen las prisas y las angustias, y sobre todo, de que no atosiguemos al personal. En suma, de que el tiempo fluya como debe, de forma natural y sin atropellos.
Feliz verano, nos vemos en septiembre.