Tranquilos debemos estar todos. El impúdico pasteleo de Bankia, cerrado en falso por líderes y lideresas de medio pelo, con mucha chulería, eso sí, pero poca testa y menos habilidad gestora, un contubernio tan vidrioso como el de las explicaciones de Dívar sobre sus devaneos marbellíes, no quedarán ahí. Más tarde o más temprano se sabrá todo, y más tarde o más temprano se sabrá si todos esos palurdillos que aspiran a poderosos son verdaderamente tan patriotas como pavonean o si su patria real, como yo pienso y suele ser habitual, es la del bolsillo secreto y la mentira encubierta. Lo que a los españoles les suceda, lo que a España le suceda, que nadie se engañe, a los líderes y lideresas les trae al pairo absolutamente, lo que verdaderamente les importa es permanecer y disfrutar del poder, vivir bien y cobrar un poco más, que con seis mil euros netos apenas les da para llegar a fin de mes. O eso dicen. Lo malo es que entre ese quítate tú que me pongo yo, los implicados y sus protectores tratarán de que pasen diez años por lo menos, evitarán abrir un juicio en el que apenas se admitirá un escrito a trámite, y todo quedará en un molesto auto judicial que inadmitirá la causa por prescripción de los hechos.
Qué mal. Es uno de los graves problemas que aquejan a la "piel de toro" desde siempre. Los desastres se tapan si vienen del poder y sus aledaños, se dejan de investigar, porque la verdad les molesta y les perjudica ¿A qué viene todo esto después del tiempo que ha pasado?, suelen decir. Da igual que sean agujeros de miles de millones sin justificar, de fulaneos continuados, de comisiones ilegales, de masacres bajo las cunetas, lo mismo da. La justicia ciega -desaparecida como valor absoluto hace lustros, y lo dice uno que la miraba de frente a diario- está quedando para los pobres y desheredados, para los que no merecen rescates porque no son un riesgo sistémico, ni son aforados, ni cobrarán indemnizaciones millonarias, ni les bastará con un simple "perdón, no sucederá más". A ellos -que podría ser un nosotros-, que cada vez son más, pues esta crisis pretende acabar con toda la anchura de la clase media y profundizar en las desigualdades sociales de antaño, sí les cae la justicia con toda su rabia y su poder, sí que sufren jueces arbitrarios, inspectores de hacienda implacables, expropiaciones abusivas, multas, sanciones, deshaucios y todo tipo de atropellos que, revestidos de legalidad relativa, sólo pretenden prolongar el patrimonio del poder, y la indemnidad de las élites centrales.
Para acabar con cualquier crisis, máxime si es tan profunda y transversal como la que atravesamos, es absolutamente imprescindible que primero se recupere la confianza en las instituciones democráticas, ahora perdida sin remedio, y que se les retorne su antiguo brillo; y eso sólo pasa por una operación de limpieza exigente y rigurosa sobre todos aquellos temas sucios, sean del color que sea y afecten a la clase o corporación que sea, sin que quede sombra de duda, hasta el final. No puede quedar polvo bajo la alfombra, jamás.