Las navidades son ya un recuerdo. Nos hemos zambullido en el doce con la misma cantinela horrísona del año anterior: recortes y paro. Hay caras nuevas, no obstante, como las del flamante nuevo Presidente que ahora pilota esta nave en rumbo desnortado y en medio de aguas turbulentas. Caras nuevas pero expresiones antiguas, porque no sé si será cosa sólo mía, pero tengo la impresión de que al nuevo piloto, al que apenas le ha durado su palabra de no subir los impuestos un par de días si llega, lleva puesta una cara de espanto que no se la quita ni para dormir. Ignoro lo que, una vez ya gobierna el timón, esté oteando en lontananza... Dicen que no es verdad lo de que todos los políticos son iguales, quizá sea cierto, pero si no son iguales, por lo menos se parecen mucho. O como diría el recientemente fallecido, Manuel Fraga, lo que pasa en realidad es que "unos son más iguales que otros". Alba me recuerda que hace días que no digo nada por aquí. Le respondo que es que poco me queda que decir ya. No sé que contar que tenga un mínimo de interés. Me resisto a hablar de política, me empieza a aburrir lo del deporte, a casi nada le veo ya el interés. Mari Carmen me recomienda que haga como de costumbre y me deje atrapar por la actualidad, y en eso estaba sin acabar de ver nada sobresaliente..., hasta que por desgracia encalló el super-crucero en costas de la Toscana. Desde el primer momento no salí de mi asombro. Nuestra teconología permite hace tiempo pilotar naves, en el aire o sobre el mar, totalmente a ciegas, dejando el papel de cualquier ser humano en algo de veras inútil. Es más, a poco que se esforzaran, estoy convencido de que en proa podrían instalar aparatos láser para hacer desaparecer cualquier obstáculo que se interpusiera en su derrota. Pero no, somos todavía muy (des)confiados y necesitamos personas capaces de supervisar las máquinas y más tarde, por lo visto, capaces de estropear su inmaculado cometido.
Hace poco en una tertulia dominical de radio, unos científicos hablaban sobre los vuelos espaciales. Uno de ellos ponía en duda la utilidad de los vuelos tripulados, ¿para qué?, se preguntaba, si las máquinas son capaces de depositar la nave en cualquier lugar de la galaxia con un margen de error cero y con nulo riesgo de seguridad para nadie. Lo único que a la larga cabía esperar del ser humano era un error fatal...Y es que, presunción de inocencia por delante, como siempre, en el caso del crucero italiano, una vez más queda demostrado que la complejidad tecnológica se muestra todavía incapaz de superar la más peligrosa y a la vez excitante de las variables: el factor humano. Pudieron más las ganas de impresionar del capitán -todavía está por ver a quién realmente quería impresionar al frisar de forma temeraria los roquedos del litoral- que el deber de no traicionar al reglamento y desobedecer el dictado del ordenador de a bordo. Podéis apostar toda vuestra fortuna que al cerebro informático del barco jamás se le hubiera pasado por la cabeza acercarse a nigún escollo colocando en peligro a los pasajeros del barco y mucho menos hubiera sentido la necesidad de impresionar a nadie. Es por eso que yo, un admirador más de Isaac Asimov, sostengo que las máquinas, la mayor parte de las veces, se comportan con mayor humanidad que los propios seres humanos.